lunes, 29 de abril de 2013

Fin de ciclo

www.taringa.net
Llegados a la ondulante meseta del cenit de extracción petrolífera, es evidente que el futuro no se parecerá nada a lo que hemos vivido hasta ahora. O tal vez sí. Cada vez tendremos que arreglárnoslas con menos energía, de forma que de aquí a diez años dispondremos de la misma que nos era accesible en los años setenta. Y en diez años más, de la que estaba a nuestra disposición en los cincuenta. Pero claro, no partimos de las mismas bases fácticas. La caída por el denominado precipicio de Séneca, no puede tener nada que ver con la ascensión de la curva de Hubbert.

En definitiva, el tema que tratamos, a nadie se le puede escapar, tiene un fuerte componente escatológico. De hecho, la quiebra política, económica y social de nuestras sociedades post industriales se ha hecho tan evidente que resulta muy difícil ocultarla. Y a todo ello habría que añadir la debacle medioambiental que amenaza nuestra misma supervivencia como especie.

Tal vez deberíamos preguntarnos, como hace el escritor y periodista Israel Shamir, si los hombres poderosos responsables del envenenamiento del planeta entero se han vuelto locos de remate. Algunos pensadores contemporáneos han hecho un esfuerzo heroico para encontrar la causa de esta conducta irracional, y han estado a punto de lograrlo, con el concepto de codicia. Las multinacionales globales habrían planeado la destrucción de la naturaleza como medio de obligar al ser humano a depender de sustitutivos, comercializados, por supuesto, por ellas. Su diagnóstico es lúgubre, dice Shamir, pero no lo suficiente. En ocasiones se contempla el proceso sin que exista motivación de ganancia. Y es que debajo de la codicia está un fantasma mucho más antiguo y oscuro: la voluntad de dominación.

La destrucción de la naturaleza es precisa para poder esclavizar al hombre, desarraigándolo, al cortar sus vínculos territoriales, sociales y familiares. La guerra contra la Naturaleza, la Virgen Madre, es también la guerra contra el Espíritu. Se trata de arrojar la presencia de lo Sacro, lejos de nuestro mundo.

Los últimos acontecimientos de la historia humana, no pueden explicarse, concluye Shamir, de manera aceptable con causas meramente materiales y racionales. Más allá de los espectros, demasiado humanos, de las grandes multinacionales depredadoras, más allá de la codicia capitalizada, más allá incluso del paradigma de la dominación, el destructor mayor sin rostro comienza a dejarse ver sobre el planeta cautivo.

¿Qué va a ocurrir? Se trata de una pregunta peligrosa. El futuro es el ámbito propio de la Providencia. Conocerlo y dominarlo es, por tanto, Potestad Divina, vedada a la criatura, por lo que la adivinación predispone grandemente al desequilibrio psíquico. Sin embargo es relativamente fácil saber a grandes rasgos, de manera muy general y sin extraordinarias elucubraciones, lo que nos depara el porvenir. René Guénon, en su obra, Formas Tradicionales y Ciclos Cósmicos, afirma que el devenir humano no es lineal, sino que se mueve en círculos, los que no podrían cerrarse, pues de lo contrario existiría una repetición metafísicamente imposible, dibujando en definitiva una espiral, de forma que, agotadas las posibilidades de un ciclo histórico, se abriría de inmediato otro, sin solución de continuidad. Y lo que es más importante, entre los diferentes ciclos humanos existiría una cierta relación de analogía, de forma que podrían extraerse conclusiones de la comparación entre ellos, y deducir acontecimientos futuros de lo sucedido en épocas similares de ciclos anteriores. Siguiendo el criterio anteriormente indicado, utilizaremos el período histórico inmediatamente anterior al que vivimos actualmente para tratar de perfilar lo que nos aguarda, aproximándonos a curiosos acontecimientos que tuvieron lugar en la relativamente próxima antigüedad greco-romana.

Pero antes debo decir algo importante, que muchos sospechan, aunque pueda sonar extremadamente lúgubre. Cuando quienes gobiernan la frágil nave de la post modernidad ya no puedan ocultar lo que está ocurriendo, y no falta mucho, la alternativa será la guerra. Y el tiempo de las grandes guerras, será también el de los grandes capitanes. Muchos habrá, que asombrarán al mundo con sus hazañas. Pero debemos fijarnos básicamente en dos. ¿Por qué? Pues porque toda contienda, por larga que sea, suele acabar teniendo un único vencedor. Y también porque el poder necesita una mística. No puedes poner el pie en la pared y decir “aquí mando yo porque soy más alto y más guapo que vosotros”. Necesitas poesía, encarnar un ideal, constituirte en azote de infieles, algo así. Las técnicas son muchas. Citaré solo una, muy utilizada, a la que podríamos llamar “la exaltación del héroe desaparecido”. Consiste en mistificar a un personaje ya fallecido, a ser posible por la causa, y que, por tanto, ya no molesta, y erigirse en el continuador de su obra. No citaré ejemplos concretos por no politizar este post.

Lo dicho parece confirmado en los Textos Sagrados. Las profecías sobre los últimos tiempos giran, en efecto, en torno a dos personajes básicos: el Anticristo y el Profeta del Anticristo. El Apocalipsis, habla efectivamente de “dos Bestias”. Utilizo terminología cristiana dado el contexto social en que escribo, si bien el punto de vista no es excluyente. De hecho la escatología islámica se refiere al Anticristo con el nombre del Dajjal.

Del Anticristo sabemos algunas cosas:

- Su vida será lo más exterior posible, al límite de las posibilidades de lo humano. Dice el Evangelista que la primera bestia surge del mar, esto es, de lo más bajo, de lo maleable líquido inferior, del populacho. Será un militar y político de renombre. Su popularidad no tendrá límites, sus hazañas serán conocidas y comentadas por las masas, que le idolatrarán, creyéndole un elegido, destinado a acabar con sus penurias.

- Conocemos también la duración de su reinado: “toda la Tierra, maravillada, seguirá a la Bestia, y la adorará diciendo: ¿quién es semejante a la Bestia y quién podrá combatir contra ella? Le fue dada una boca que profería palabras arrogantes y blasfemias, y le fue dado el poder de hacerlo durante cuarenta y dos meses”.

- Finalmente el Anticristo será asesinado, “vi en una de sus cabezas como una herida de muerte”. Presumiblemente ello tendrá lugar como consecuencia de una conjura puesta en marcha por personas próximas a aquél, que recelarán del inmenso poder que habrá alcanzado.

¿Hubo alguien en el mundo greco-romano en quien concurriesen las circunstancias que hemos mencionado anteriormente?

En el año 69 a.C. un joven patricio romano llamado Cayo Julio César, elegido cuestor para la provincia de Hispania Ulterior, en el Templo de Hércules Gaditano (Herakleion),  situado en lo que actualmente es el Islote de Sancti Petri, tuvo un sueño que le predijo el dominio del mundo, después de haber llorado ante el busto de Alejandro Magno, por haber cumplido treinta años sin haber alcanzado un éxito importante.

A su regreso a Roma, César prosiguió su carrera como abogado, hasta ser elegido edil curul en el año 65 a. C., el primer cargo del cursus honorum que desempeñaba dentro de Roma. Como tal, organizó los juegos más memorables que la ciudad hubiera contemplado hasta la fecha, empleando todo su ingenio para conseguirlo, llegando a desviar el curso del Tíber e inundar el circo para ofrecer una naumaquia (un combate entre barcos). Todo ello a cargo de su patrimonio personal. Acabó el año con deudas astronómicas, del orden de varios cientos de talentos de oro. No importaba. La inversión daría frutos a la larga. La plebe lo adoraba.

- Cuarenta y dos meses, sí, exactamente el lapso temporal entre la batalla de Farsalia, agosto del 48, donde derrota al último triunviro, y se hace, de facto, con el control absoluto del mundo mediterráneo, hasta el 15 de marzo del 44, las fechas no pueden ser exactas pues regía otro calendario, pero sí válidas por aproximación.

- Eran los idus, de dicho mes, y un grupo de senadores, convocó a César para leerle una petición, escrita por ellos, con el fin de devolver el poder efectivo al Senado. Marco Antonio, que había tenido noticias difusas de la posibilidad del complot, temiendo lo peor, corrió al foro e intentó detener a César antes de que entrara en la reunión. Pero era demasiado tarde.

Los conspiradores introdujeron a César en el Teatro de Pompeyo, donde se reunía la curia, y lo condujeron a una habitación anexa al pórtico este, donde le entregaron la petición. Cuando el dictador la comenzó a leer, Tulio Cimber que había hecho la entrega, tiró de su túnica, provocando que César le espetara furiosamente: “Ista quidem vis est?”. ¿Qué clase de violencia es esta? No debe olvidarse que César por ser Pontifex Maximus, era jurídicamente intocable. En ese momento, Servilio Casca, sacando una daga, le asestó un corte en el cuello.

Pero ¿qué se está diciendo? ¿Que una personalidad de tanta influencia en la historia de la humanidad, Julio César, pudo ejercer el papel del Anticristo en el ciclo precedente? ¿Dónde están las pruebas? ¿Dónde su marca? Recordemos que el número de la bestia es el 666.

En el verano del año 47 a.C. César abandonó Egipto y marchó por Siria, Cilicia y Capadocia para enfrentarse a Farnaces II, rey del Ponto. La batalla tomo lugar cerca del poblado fortificado de Zela. Los pónticos abandonaron sus posiciones defensivas y lanzaron un ataque sorpresa contra las posiciones romanas, dispuestas en una colina cercana. La acción fue inesperada ya que se abandonó toda lógica al renunciar Farnaces a una sólida posición defensiva y atacar a los romanos ubicados en altura. El asalto logró, por su sorpresa, un éxito inicial. Pero inmediatamente César tomó la iniciativa, expulso a los pónticos de su campamento y empujando al enemigo colina abajo, en completo desorden, le propinó una derrota total. La campaña contra Farnaces apenas duró cinco días, fue tan rápida y contundente que Plutarco menciona que César, para anunciarla al Senado, empleo sólo tres palabras.

Entre los días 21 de septiembre y 2 de octubre del 46 a. C., César celebró sus victorias en Roma. Nunca antes se habían visto celebraciones de tal magnitud y duración. Además recompensó ampliamente a sus tropas, y entregó a cada legionario cinco mil denarios (el equivalente a lo que ganarían en los 16 años de servicio obligatorio), a cada centurión, diez mil, y a cada tribuno o prefecto, veinte mil denarios, asignándoles también terrenos, aunque no cercanos a Roma, para no despojar a nadie y establecer así colonias romanas en territorios recientemente conquistados. Distribuyó al pueblo diez modios de trigo por cabeza y otras tantas libras de aceite, con trescientos sestercios, en cumplimiento de una antigua promesa que había hecho, a los cuales agregó cien más por la demora. El desfile triunfal de la batalla contra Farnaces II contaba con una carroza que portaba como lema aquéllas tres palabras misteriosas con las que César había anunciado su victoria: “veni, vidi, vici”. Unamos las letras exteriores, periféricas, de cada una de ellas. VI, VI, VI. En numeración romana 666 (se trata de un número solar que pudiera tener diversos sentidos, como de hecho tiene siempre todo simbolismo. En cualquier caso, parece claro que alguien próximo a César, que conocía su papel histórico, debió sugerirle dicho lema, para que, quien pudiera verlo, supiera del auténtico significado del sublime espectáculo que presenciaba).

Tras el elogio fúnebre de Antonio en el foro, el cuerpo de César debía ser llevado fuera de la ciudad para su incineración (estaba prohibido incinerarse en el pomerium). Sin embargo, el pueblo romano enloqueció. Una marea humana se abalanzó sobre el estrado donde sehallaba el cuerpo de César, clamando venganza y la muerte de los asesinos. En ese momento, dos antiguos legionarios de César llegaron ante el estrado con antorchas y le prendieron fuergo. La multitud, en una ola de frenesí colectivo, se abalanzó sobre las tribunas de los oradores, los puestos del mercado, y todo lo que había de madera en el foro, que fue utilizado para alimentar la improvisada pira. Las mujeres echaron al fuego sus joyas, y las bulas de oro de sus hijos, los músicos sus costosos trajes e instrumentos, los veteranos sus condecoraciones. En plena noche, una estrella fugaz cruzó el firmamento, y los supersticiosos romanos gritaron que era el alma de César, que ascendía a los cielos, pues había sido admitido entre los dioses.

Vayamos con el Profeta del Anticristo. La segunda Bestia, dice el Evangelista, surgirá de la tierra, elemento más estable, práctico y duradero. En el año 46 a. C., quien entonces era conocido como Cayo Octavio Turino quiso unirse a las tropas de su tío abuelo, Julio César, en Hispania, pero cayó enfermo y no pudo viajar. Una vez recuperado, navegó hacia el frente, pero naufragó. Tras alcanzar la costa, cruzó territorio hostil antes de llegar al campamento de César, lo que impresionó a éste de manera considerable. Marco Veleyo Patérculo reporta que, después de aquella proeza, César permitió que su joven sobrino compartiera su carroza, y al regresar a Roma, depositó discretamente un nuevo testamento con las vestales.

La segunda Bestia, continua el Apocalipsis, ejerce todo el poder de la primera, cuya llaga mortal había sido curada y hace que la tierra y sus habitantes la adoren. La idea de la “sanación” de la herida no se refiere a una curación milagrosa, o a una resurrección del Anticristo. La herida sana porque, después un breve período en que parece que la obra entera del Anticristo va a periclitar y morir con él, el Falso Profeta la salva y hace que recobre vigor.

Se nos dirá que en los tiempos que tratamos no existía escasez de recursos, a salvo el exceso de aprovechamiento forestal en zonas aledañas a las ciudades, o la expansión de la conquista a territorios de escasa producción de cereal. El planeta era entonces ubérrimo y escasamente poblado. Pero esto sólo es cierto en parte. Concurrían graves dificultades de asignación de dichos recursos. El problema era el oro, y en menor medida la plata, necesarios en las transacciones comerciales, y para la adquisición de la mano de obra humana, esclava o arrendada, y animal precisa para la explotación agrícola. La importación de objetos de lujo procedentes de oriente, especialmente de seda importada de China, constituía una sangría permanente de circulante que comprometía la estabilidad económica del Estado desde el siglo II a. C., durante el último periodo republicano, que conoció las guerras serviles, así como graves conflictos internos, políticos y sociales, que acabaron dando lugar a reformas institucionales, al surgimiento del principado y, finalmente, de la estructura imperial. Basta ver las barbaridades medioambientales que perpetraron en la comarca leonesa de El Bierzo (Las Médulas), para darnos cuenta de hasta donde llegó la desesperación de los ingenieros romanos. Devastación que, por cierto, recuerda la actual explotación de las arenas bituminosas en  Canadá, para la obtención de petróleo. La Arabia Saudita de entonces era Egipto, que por diversas razones, cuya explicación excede del ámbito de este post, había acumulado grandes reservas de capital. César solucionó el problema utilizando parte del tesoro de los Lágidas (dinastía egipcia) que le cedió la siempre complaciente Cleopatra, por motivos de estricto interés político. Augusto simplemente robándolo, y haciendo de Egipto, nominalmente una provincia más, parte de su patrimonio personal, lo que permitía su saqueo permanente, y le garantizaba unas rentas permanentes y saneadas.

Vayamos a las conclusiones. Es evidente que la penuria petrolera dará lugar a una crisis sin fin, y al fantasma de la escasez que afectará primero, ya lo hace, a las regiones globales económicamente más deprimidas, pero que no tardará en alcanzar lo que llamamos el “mundo desarrollado”. Como el “modo de vida americano” no puede de ninguna manera verse afectado por ésta ni por ninguna otra circunstancia (Busyness as usual), se formará una estructura supranacional, integrada por lo que hoy se considera el primer mundo, que tendrá poco que ver con lo que conocemos actualmente, y cuya misión fundamental será mantener a ultranza la base económica y social de Occidente, mediante el expolio, ya no disimulado, sino abierto y descarado del resto del planeta. El esbozo de tal estructura política, que incluirá grandes guerras de depredación petrolífera, afectando lógicamente a los lugares donde existe este petróleo, esto es, la cuenca del Caspio y Medio Oriente, será sin duda la obra del Anticristo. Parecerá, por muy breve tiempo, que las privaciones hubieran acabado. Un cierto período de estabilidad, muy corto, seguirá a las guerras de rapiña, y producirá una fugaz ilusión de vuelta a la abundancia. Pero todo será una ilusión.

Después de la muerte del Anticristo se pasará a una fase diferente. Tras un nuevo período de inestabilidad, el Falso Profeta culminará la obra de su predecesor, y pondrá bases más sólidas a lo que su idealizado predecesor no pudo culminar. De todas maneras, la única forma de mantener el nuevo orden institucional será recurrir a un férreo control social, de manera que “todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, recibirán una marca en la mano derecha y en la frente”. Esto no quiere decir que se vayan a imponer microchips, como se comenta en páginas web psicodélicas, entre otras elucubraciones. El texto es simbólico y así debe entenderse. La mano derecha es el principio de la acción, y la frente el del pensamiento. El sistema condicionará totalmente nuestra existencia, ¿no lo hace ya?, de forma que aceptemos un cierto modo de vida adecuado a la disponibilidad declinante de recursos. Ello afectará a la distribución de éstos, de forma que “ninguno pueda comprar o vender si no ha sido marcado con el nombre de la Bestia”, esto es, que se impondrá la redefinición la masa monetaria, lo que implicará, con toda probabilidad, la desaparición del dinero metálico.

De esta manera Occidente intentará mantener su estabilidad y supremacía durante el tiempo que le sea posible y, suponemos, con grandes dificultades, puesto que ahora se encontrará a la defensiva, rodeado de un mundo hambriento y saqueado que intentará una y otra vez el asalto a la fortaleza del cada vez más exiguo y aislado mundo “civilizado”.

Recordemos, en cualquier caso, que la función del Anticristo es única, y que quienes vendrán después no serán otra cosa que imitadores, más o menos exitosos. Ello incluye al Falso Profeta, que no será realmente el sucesor del Anticristo. No podría tener ninguno, al menos en la esfera pública. De hecho Augusto sólo fue el heredero testamentario, privado, de César. Cierto que éste le legó gran parte de su fortuna, las dos terceras partes de aquélla, lo que le concedió un poder financiero incomparable. Y le dio algo aún más valioso: su nombre, que ejercía una particular fascinación sobre sus antiguos veteranos. Como antaño, a la muerte del nuevo Augusto otros intentarán continuar su obra, y heredar su nombre, en condiciones cada vez más extremas, y en tiempos ya lo suficientemente lejanos como para que no merezcan siquiera nuestro interés.

Quisiera añadir un último párrafo que se aparta un poco del carácter que quiero dar al blog, pero que será de gran utilidad a quienes puedan entenderla. El error del Anticristo, y el de su Falso Profeta, consistirá en no comprender que, agotadas las posibilidades del ciclo, no hay salida a través de la tangente de la circunferencia. El 9, número que la simboliza, convierte en sí mismo todo lo que por él se multiplica (cualquier número multiplicado por nueve acaba sumando nueve). Tras el círculo más periférico, la vida exterior más notoria, el poder más absoluto, el desarrollo material más extraordinario, sólo existen las tinieblas exteriores. El único camino que permite salir de la trampa de la manifestación es el de retorno al Centro, al Origen, lo que requiere una disciplina totalmente diferente. Es por ello que, en otro orden de cosas, tras el triunfo aparente del Anticristo, solo podrá tener lugar un enderezamiento, que devolverá las cosas a su orden normal de forma súbita. Pero tal prodigio sólo podrá ser realizado por Aquél que manifestará, tanto en el campo del conocimiento, como en el de la acción, el doble poder, sacerdotal y real, conservado a través de las edades, en la integridad de su principio único por los detentadores ocultos de la Tradición Primordial (René Guénon, Aperçus sur l’Iniciation).

Saludos,

Calícrates

No hay comentarios:

Publicar un comentario