sábado, 27 de abril de 2013

Los límites del crecimiento

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No fueron los créditos concedidos a ninjas insolventes, ni la burbuja inmobiliaria, que probablemente fue consentida para poder dar explicaciones simplistas a lo que se veía venir, ni siquiera el que nuestra pútrida casta política haya robado por encima de nuestras posibilidades. Todas estas cosas siempre habían ocurrido, sin llevarnos al remolino sin fondo en el que nos encontramos. Ha sido la llegada del cénit de produción de petróleo la que ha puesto a la economía mundial contra las cuerdas. Esto ocurrió en la primavera boreal del año 2006. Desde entonces, la producción mundial de petróleo se ha mantenido en torno a unos 84 millones de barriles diarios, y no ha podido crecer más. Pues bien, a pesar de las múltiples señales de alarma proporcionadas por geólogos y técnicos, que demuestran con evidencia empírica irrebatible la dramática escasez de energía que nos espera, con todas sus consecuencias no lineales, algunas de las cuales empezamos a experimentar, en forma de crisis de la que no se ve, ni se verá, el fondo, las masas populares siguen desconectadas de la preocupante realidad que las rodea.

Primera aproximación ingenua al problema: dejaré de coger el coche. El petróleo, en general los combustibles fósiles, están en relación con todo lo que consumimos. El petróleo es el transporte, es evidente, y éste está subiendo de forma notable. Pero también es el saneamiento, la distribución de agua corriente, la recogida de basuras. Os sugiero que comparéis los recibos de estos servicios en vuestros respectivos municipios, con los de años pasados. Pero, es que hay más. El petróleo es la comida. Durante los años sesenta se dio un paso que muy pronto nos llevará al hambre global: la industrialización de la generación de alimentos. Hasta ese momento, las plantas sintetizaban las calorías del sol, de forma que los seres humanos podían utilizarlas, directamente, o a través de los animales cuyos productos consumíamos. La llamada revolución verde, con el uso masivo de maquinaria (gasóleo), fertilizantes (gas natural), pesticidas (petróleo), transporte a largas distancias (combustibles líquidos), y envasado (plásticos) ha llevado al absurdo de que cada caloría que consumimos a través de los alimentos ha requerido de entre siete y diez de combustibles fósiles. Ninguna civilización habría sobrevivido muchos años con este esquema, y nosotros tampoco lo haremos. Os dejo un solo dato: sin combustibles fósiles este planeta no puede alimentar a más de ochocientos millones de personas. Somos siete mil millones. Lo que va a suceder, lo dejo a vuestro sano criterio.

Pero es que además el petróleo es el dinero que manejamos. Aquí la cuestión es más compleja, pero no me resisto a explicarla. Sólo el 3 % del numerario en circulación es dinero real, strong money, esto es, billetes y monedas. El resto es deuda, que crean los bancos a través del crédito, concedido, evidentemente, contra el pago de intereses, esto es, de nuevo dinero que se creará en el futuro, lo que presupone el crecimiento. Pues bien, por cada punto de crecimiento económico aumenta en tres puntos porcentuales el consumo de energía. Si no va a haber energía, tampoco habrá crecimiento, así que los créditos no se van a poder pagar, con lo cual los bancos no tienen incentivos para concederlos y así es como hemos llegado a la actual deflación de activos (no energéticos) en que nos encontramos, que ha motivado la creciente reducción de ingresos fiscales y un marasmo de recortes que sólo ha comenzado.

Segunda aproximación ingenua al problema: hay fuentes de energía alternativas. No dedicaré mucho tiempo a hablar de la nuclear, que es una broma pesada. A la fusión siempre le quedan cincuenta años para estar a punto, lo que te da a sospechar que las gigantescas inversiones en aras a su viabilidad no tienen otro objetivo que garantizar los salarios de los eminentes científicos que trabajan en el proyecto. Pero es que los datos relativos a la fisión no son más halagüeños. Si pensamos que algunos residuos de estas centrales tienen que estar refrigerados durante décadas para que su temperatura no pase de los cuatrocientos grados, debemos plantearnos si en el proceso se obtiene realmente alguna cantidad apreciable de energía neta. Nos tememos que las centrales nucleares no tienen como función generar energía, sino producir plutonio con fines de destrucción humana.

Mucho más interés tienen otras fuentes de energía, especialmente la solar y la eólica. Pero se encuentran sometidas a la irregularidad del clima, y no están en condiciones de proporcionar, por sí solas, los insumos energéticos, siempre crecientes, que exige nuestra sociedad industrial. Su puesta en marcha definitiva requiere de minerales raros que, como su propio nombre indica, son escasos, por lo que el modelo no es escalable. Además, sólo producen electricidad, por lo que no sirven para mover nuestro ingente parque mundial de automóviles, aeronaves y barcos. Sí, alguien me hablará del coche eléctrico. Se trata, en efecto, de una de las bazas más ingeniosas que tiene el sistema para mantenernos contentos y distraídos. Es otro cuento chino. ¿De dónde va a salir la electricidad para mover los automóviles que ahora utilizan gasolina o gasoil, si con el consumo actual la red eléctrica ya se encuentra en apuros por falta de inversiones? ¿De dónde saldrá el litio, material también escaso, para tantos millones de baterías? ¿Que se van a descubrir otras que serán más eficientes y utilizarán nuevos materiales? Primero, que lo veamos, y segundo, si estos materiales aún no se han descubierto es que deben ser más todavía más raros que el litio y, por tanto, aún más escasos. Tenemos que tener siempre presente que dada la situación en que nos encontramos, cabalgando un tigre desbocado, no basta con que sea concebible una tecnología, ésta ha de ser escalable, esto es, extensible en el tiempo y el espacio.

Tercera aproximación ingenua al problema: la tecnología nos salvará. Esta vez no, porque aunque el ingenio humano ha podido salvar muchos obstáculos periféricos que asediaban nuestras vidas, el problema se encuentra ahora en el corazón del sistema. Es la propia tecnología la que consume energía. Se nos dirá que se han ido creando ingenios que realizaban las mismas funciones con un consumo mucho menor de energía. Esto es cierto, pero conduce a la llamada “paradoja de Jevons” o efecto rebote, por el que a medida que aumenta la eficiencia de un recurso, aumenta también el uso de dicho recurso, con lo que disminuye el gasto instantáneo y aumenta el global. De lo cual resulta que la introducción de sistemas de ahorro energético conducen a aumentar el volumen total de energía consumida.

Cuarta aproximación ingenua al problema: cuando empiece a faltar petróleo, subirá mucho su precio y habrá nuevos incentivos para extraerlo y comercializarlo. Aquí hay que hablar de un concepto técnico un tanto extraño a los profanos, pero fácil de comprender: la TRE, tasa de retorno energético. Para extraer petróleo, hace falta petróleo. Al inicio de la era industrial tal tasa era de 1:100. En los años sesenta pasó a ser 1:50. Actualmente la media es de 1:10. Se está extrayendo petróleo en los lugares más inconcebibles, lo cual es caro en términos económicos y energéticos. ¿No me creéis? ¿Os acordáis de la explosión, en el Golfo de Méjico, de la plataforma Deepwater Horizon? Os han dicho muchas cosas sobre ella, puesto que no pudieron ocultarla. Pero han evitado dar excesiva publicidad al hecho de que se encontraba operando sobre un manto de agua de kilómetro y medio, y perforando a cuatro kilómetros de profundidad del lecho marino. Tal vez lleguéis, como yo, a la conclusión de que ¡están desesperados! Pero a lo que íbamos. La tasa de retorno energético irá descendiendo, y cuando llegue a 1:1, esto es, cuando se necesite un barril de petróleo para extraer otro, sea cual sea el valor dinerario de ese petróleo, podemos estar seguros de que no saldrá del subsuelo. El problema es geológico, no económico, y por eso los economistas no lo entienden. Nunca se debió basar una civilización en un recurso no renovable, pero la tentación era demasiado fuerte.

Quinta aproximación ingenua al problema: si todo esto fuera cierto, ya nos lo habría contado Pedro Piqueras en el telediario. No. Nunca hablarán. Dejarán que algunas páginas web dedicadas a conspiranoicos aventen el tema, pero no permitirán jamás que éste tenga publicidad abierta en medios corporativos. Como dice Antonio Turiel, científico titular del Institut del Mar de Barcelona, la información de la que tratamos es pública, pero no está publicitada. ¿Por qué? Pues básicamente porque existe un axioma en relación a la comunicación con las masas, que dice que nunca se debe plantear a éstas un problema para el que no hay solución. Razones: hay muchas, la más básica es que el pánico de las muchedumbres es muy difícilmente controlable. Pero hay algunas otras. El reconocimiento del problema haría variar las relaciones estratégicas de poder a escala planetaria, dando singulares bazas a países en los que sólo se piensa como vacas lecheras: Venezuela, Arabia Saudita, Irán. Energía es potencia militar. Pensemos que un tanque consume un litro de gasóleo por kilómetro, y que todo el arsenal militar de las grandes potencias requiere de ingentes cantidades de energía para operar, y ello sin contar con su mantenimiento. Antes de reconocer el problema recurrirán a cualquier cosa. Por ejemplo a decirnos que hay escasez de petróleo por culpa de unos señores con turbantes, muy malos. Todo ello aderezado con los consabidos clichés demoníacos atribuidos al Islam, gentileza de la invisible pero muy evidente labor de intoxicación de diversos servicios de inteligencia, y que llenan las cabezas huecas de numerosos habitantes de Occidente. Me temo que la provocación permanente a Irán va por este camino. Y es que estamos en un juego de suma cero, y sólo existe una manera de volver, muy puntualmente, a la senda del crecimiento: expoliando a través de la guerra.

Bien, queridos lectores, pertenecéis ahora al selecto club de personas que saben que ¡no hay salida! ¿Qué vais a hacer con esta información? Por si halaga vuestra vanidad os diré que la compartís con los inquilinos de todas las cancillerías y jefaturas de Estado del planeta, que disponen sobre sus mesas, o en una discreta librería adyacente, de dossieres con el rótulo “confidencial” que dicen, con muchas cifras y gráficos de colores, lo que os estoy contando y mucho más.

Sólo sobreviviremos en una sociedad muy diferente de la actual. Pero la transformación requeriría de enormes sacrificios, que la gran mayoría de la población no aceptará voluntariamente, con lo que nos dirigimos a un estado totalitario o al caos. Y este es el verdadero origen de la actual crisis, y la explicación de porqué ésta no acabará nunca.

Richard Heinberg, profesor y divulgador californiano, una eminencia en el tema del pico petrolero, nos propone cuatro posibles escenarios. El primero se denomina BAU (busyness as usual), esperad tranquilos, que volverá el crecimiento y todo será como en el año 2003. Lamentablemente esta estrategia no es sostenible, ni siquiera a corto plazo. Y la confirmación más visible de ello es que nos encontramos, especialmente en los países del sur de Europa, en la segunda fase: simplificación mediante austeridad. Se intenta ocultar el problema energético forzándonos a decrecer. ¿Cómo? Pues por ejemplo bajándonos los salarios, subiéndonos las retenciones del I.R.P.F., o haciéndonos pagar más por los medicamentos, a fin claro está de racionalizar el gasto farmacéutico. ¿Os suena alguna canción de éstas? Al disponer de menos renta gastamos menos en lujos, no nos vamos de vacaciones, no cogemos el coche, esto es, consumimos menos energía. Sin embargo, una sociedad en decrecimiento es una sociedad crispada, con muchas personas perdiendo sus empleos, teniendo que reducir su nivel de vida o luchando por sobrevivir. Además, una economía menguante implica menos ingresos fiscales, por lo que un recorte prepara ya el camino del siguiente. La única forma de romper esta dinámica siniestra sería volver a crecer pero, como hemos dicho, tal perspectiva es sólo una quimera.

Cuando parece que ya nos falta el suelo bajo los pies Heinberg nos advierte. Existen dos soluciones más: primera, “provisión centralizada de productos básicos”. Esto es, el Estado canaliza los bienes de primera necesidad, obligando a los productores a vendérselos a un precio fijado, para después ponerlos a disposición de las necesidades de la colectividad. Estoy viendo ya caras sonrientes. Estamos ante un utópico del socialismo real. No. Estamos ante lo que se hizo aquí en España durante la posguerra, y también en otros países de Europa después de la segunda guerra mundial. Es algo muy común, y sobradamente conocido. Estoy hablando de cartillas de racionamiento. Primero para los combustibles, y luego para casi todo lo demás. Quienes hayan vivido una situación así sabrán de los problemas de este sistema de distribución de recursos. El productor no tiene ningún incentivo para vender al Estado a precio de risa, por lo que se reserva parte de su producción para venderla ilegalmente a quien pueda pagarla. Es el denominado “estraperlo”, que tarde o temprano desencadena la escasez. Hay de todo, pero para quien puede pagarlo fuera del circuito oficial de distribución. Es por lo que, a la larga, esta solución sólo puede sobrevivir bajo una tremenda represión. Estoy diciendo que la provisión centralizada sólo estará garantizada, durante un período prolongado, en un estado policíaco. Esta es la opción preferida de las élites globalistas (Bilderberg, Round Table, Comité de los Trescientos), que verían poco menoscabado su poder omnímodo, y completamente sometidas a las masas, que dependerían totalmente de distribuciones de alimentos y otros productos, al modo de los repartos multitudinarios de trigo del mundo romano. Sin embargo, esta opción no sería sostenible a largo plazo, pues la producción, alejada del incentivo económico, y cada vez más escasa de combustibles, iría descendiendo en picado, y las resistencias a un estado de cosas que haría las delicias de Aldous Huxley aumentarían exponencialmente, llevando al sistema, puntualmente, de nuevo al borde del colapso.

Es por eso que la única solución sostenible en el tiempo es la llamada por Heinberg “provisión local de necesidades básicas”. De hecho, todas las anteriores no son otra cosa que largos rodeos que conducen a ella. Se trataría de generar una economía local, que consuma productos locales, y sólo excepcionalmente los que provengan de lugares más alejados. Implicaría la creación de comunidades pequeñas, familias y vecinos unidos, apoyándose unos a otros, dedicados básicamente a la producción de alimentos y otros bienes básicos. Cultivar huertos, criar pollos, reutilizar, compartir y, también, defender lo que se tiene de personas ajenas a la comunidad, que vagarían en bandas organizadas dedicados al saqueo, lo que exigiría la creación de fuerzas de seguridad también locales. En definitiva, estoy hablando el retorno a una nueva Edad Feudal. ¿Me creéis un visionario? Pues estoy seguro de que éste es el único escenario viable a muy largo plazo.

Recordad que existen dos países que, de forma limitada, a causa de la caída de la antigua U.R.S.S. que les proveía de combustible, pasaron una situación parecida a la que os describo: corte brusco del suministro petrolero. Son Cuba y Corea del Norte. Cuba lo pasó muy mal, pero sobrevivió básicamente gracias a su clima tropical, que permite abundantes cosechas de alimentos. Pensemos que nuestra configuración climática se asemeja mucha más a la de Corea del Norte, los resultados de cuya hambruna generalizada aún no se conocen, dado el carácter hermético de su régimen político.


Saludos,

Calícrates

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