viernes, 24 de mayo de 2013

El dinero



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Por si alguien no se ha dado cuenta, existe una inmensa laguna en nuestros planes oficiales de estudios, tanto para la enseñanza básica, media o superior. Se intenta, por todos los medios, evitar dar explicaciones sobre qué es y como se produce el dinero. ¿Visteis un tema dedicado al dinero en alguno de los libros de texto que manejabais durante vuestra formación? Seguro que no. Ni lo veréis. Esto llega tan lejos que incluso en Facultades de Económicas y Empresariales, y en Escuelas de Negocios, de las más reputadas, se deja de lado el estudio de tan importante materia. El dinero es algo que se da por hecho. Hay que hacer balances, previsiones de gasto, planes de producción,… Pero el dinero es algo que siempre está ahí, en realidad es el objetivo final del proceso, y sin embargo, sorprendentemente, no se profundiza en su naturaleza. Es como si no hubiera nada que explicar, como si hubiera existido desde el principio del mundo, algo así como las mareas, las nubes o las montañas.

Sin embargo hay personas, pocas, que han sabido y saben muy bien qué es el dinero. Os presentaré a una. Sir Philip A. Benson, Presidente de la Asociación de Banqueros Americanos, el 8 de junio de 1939 pronunció las siguientes palabras: “no hay manera más directa de capturar el control de una nación que a través de su sistema de crédito, de su dinero”. Ahora empezaréis a comprender porqué no sabemos nada del dinero. Sencillamente porque no nos explican lo que es y como se produce de manera deliberada, para mantenernos en la ignorancia y hacernos esclavos del sistema, manteniéndonos permanentemente en dificultades financieras. Y quienes lo hacen nunca tendrán problemas de dinero, porque sencillamente SE LO INVENTAN DE LA NADA. ¿Os imagináis que pudierais coger una hoja de papel sucio que tenéis en el escritorio, escribir “son 100.000 euros”, y seguidamente iros a un concesionario Ferrari, compraros el último modelo y que os acepten como pago vuestra nota manuscrita? Pues, con las distancias convenientes, os aseguro que hay quien tiene la posibilidad de hacer lo que os digo. Vayamos poco a poco.

Gracias al economista argentino de origen alemán Silvio Gesell y su obra “El orden económico natural” empecé a comprender la naturaleza intrínseca del dinero. Gesell atribuye al dinero tres funciones:

- medio de intercambio (de bienes y servicios).
- medida de valor.
- depósito de ahorro.

Nos interesa especialmente la primera función. Las otras no son sino extensiones de aquélla. Primera regla de oro: “el dinero es un producto de la complejidad social”. Cuando una persona hace manualmente una silla, y la cambia por seis huevos de la gallina de su vecino, no hace falta dinero alguno. Pero cuando el sillero crea una fábrica de sillas, y produce doscientas al día, la cosa se complica. El trueque ya no sirve. Hace falta un elemento que simbolice la riqueza creada (sillas) y permita su intercambio a múltiples bandas, en relación a personas que no tendrán con qué intercambiar semejante cantidad de mercancías, o que tendrán otras que no serán de interés para el sillero.

Ello nos lleva a la segunda regla de oro. Lo que se creó, conforme a lo visto en el párrafo anterior, para favorecer el intercambio de bienes y servicios (dinero) no fue riqueza real, sino sólo lo que podríamos llamar su idealización en abstracto, sobre un material que permite su más fácil transmisión, depósito y traslado. Así pues, el dinero no es riqueza real, no al menos en sí mismo, desligado del medio que lo materializa, sino sólo su representación”. Y toda representación requiere, para tener verdadero valor (ser demandado), de la cosa representada, puesto que de lo contrario se convierte en algo obsoleto, como una señal de dirección que no conduce a ninguna parte.

Enlazando con lo dicho anteriormente, en cuanto a la incorporación del dinero a un bien determinado, Gesell enseña magistralmente la tercera regla de oro del dinero: “cualquier material puede ser monetizado”. Sí, incluso las boñigas de vaca. Sé que esto significará un duro golpe para algunos. Lo digo porque suelo encontrarme, en innumerables foros, con partidarios de lo que Keynes llamaba “la reliquia bárbara”, esto es, del patrón oro, que por lo visto solucionaría todos nuestros problemas. El oro puede ser dinero, sí, y lo fue durante mucho tiempo, también la plata, el bronce, pero igualmente los papelitos filigranados con que hacemos la compra, o los bits de ordenador (dinero electrónico). Dinero es todo aquello que lleva el sello de la Autoridad (estatal o supraestatal) que convierte un material concreto, con ciertas condiciones, en medio de cambio. Por cierto que dicho acto (de plena autoridad en el más estricto sentido de la palabra, en cuanto decisión política de trascendencia pública) supone de inmediato un aumento de valor del bien monetizado, lo que nos ilustra muy claramente sobre la clara diferencia entre el dinero y el material al que se incorpora. Gesell explica como cuando la plata dejó de ser dinero legal en Alemania su valor bajo considerablemente.

El problema, desde este nuevo punto de vista, no es ya que es realmente el dinero, básicamente ya se ha explicado, sino qué material es el más conveniente para hacer dinero. Pues depende. En una sociedad en expansión exponencial, el oro es el peor dinero que existe, por la sencilla razón de que es un metal escaso, y rápidamente cercenaría las posibilidades de crecimiento. Esto creo que lo pueden entender incluso los tierraplanistas del patrón oro. Gesell cuenta como las épocas de expansión, en sociedades con masa monetaria basada en el oro, traían inmediatamente la deflación y la crisis. ¿El motivo? El comerciante de una sociedad dinámica y rica, que ve que las cosas le van bien, empieza a adquirir productos suntuarios. Por ejemplo, le compra un collar de oro a su mujer. Acude al orfebre, éste acepta el encargo y ¿de donde saca el material para hacer la joya? Pues sencillamente funde monedas, con lo cual detrae capital circulante, y por tanto el medio a través del cual se intercambiaban los bienes y servicios que generaban la riqueza de su cliente, quien pronto empezará a tener problemas de pagos, y puede que finalmente deba desistir de la compra del precioso collar que había encargado. Y así comienza la pendiente de la deflación, y de la crisis. Lo diremos más claro. Como dinero, el oro es de lo peor que hay. De hecho su escasez durante el mundo grecorromano llevó a éste al colapso, pese a que entonces no existía un problema generalizado de falta de recursos.

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Durante las últimas décadas hemos utilizado el mejor dinero que requería nuestro crecimiento exponencial, el papel, y el crédito, que nadie puede sustraer de la circulación para hacer collares, o cualquier objeto de valor, por la sencilla razón de que no valen nada. Así, con la ayuda de los combustibles fósiles, que nos suministraban energía barata, y permitían extraer y fundir metales, especialmente el hierro, que a su vez servía para horadar el subsuelo, en busca de nuevas riquezas físicas y energéticas, crear estructuras enormes, así como realizar espectaculares desplazamientos, al servicio del sistema de acumulación consumista irracional, hemos depredado el planeta entero, generando en todos sus rincones una avidez tremenda por el símbolo de la opulencia, el dinero, que como ya sabemos no es riqueza en sí mismo, y su valor proviene enteramente de aquello que simboliza y se espera adquirir con él.

Sin embargo la llegada del cenit de producción petrolífera, y de otras muchas materias primas, está ya cambiando las reglas del juego, como nos demuestra esta singular crisis que hace ya siete años que padecemos y que nadie sabe o se atreve a explicar claramente de donde viene y hacia donde nos conduce. Antes de entrar en esta materia explicaremos porque nuestro eficacísimo dinero de los últimos lustros ni siquiera ha existido realmente, y nos hemos dejado la piel, ya no por las estampitas del célebre timo, sino por simples números que aparecían en una pantalla de ordenador, generados por impulsos eléctricos. Ello nos llevara a una somera explicación, hay muchas en la red, sobre el sistema bancario de reserva fraccionaria.

En la Italia del Renacimiento, algunos banqueros, depositarios de ciertas cantidades de metales preciosos, empezaron a librar efectos mercantiles a sus clientes para que, en lugar de trasladar sus riquezas materiales físicamente, lo que conllevaba un evidente peligro, movieran pagarés y letras bancarias (dinero fiduciario). Sin embargo estos avispados financieros pronto descubrieron que sus clientes no movían normalmente más que el 10 por ciento de los depósitos que realizaban, y como prestaban con interés y, lógicamente, cuanto más capital prestado más retorno de réditos, empezaron a librar títulos valores por valor de hasta 9 veces el capital que tenían en depósito. Así recaudaban ingentes cantidades de intereses, y nadie se daba cuenta de la superchería, puesto que los depositantes no iban a sacar todo su capital de una vez. Este sistema aumentó, lógicamente, de forma exponencial la masa monetaria, y generó un intenso crecimiento económico, pero abrió la puerta que pronto nos va a conducir a la quiebra del sistema monetario y a la catástrofe.

Con el tiempo, los bancos adoptaron abiertamente, con el beneplácito del poder público, el sistema de reserva fraccionaria. La estafa, ahora, era legal, y así la mayor parte del dinero en circulación pasó a ser meramente deuda, de manera que si se pagaran mañana mismo todas las deudas en curso, pues dejaría prácticamente de haber dinero. Esto tiene relación con la fase de la crisis en la que nos encontramos, pero entrar en el tema daría materia para otro post. Es mejor que de momento nos centremos en lo más importante que, además, y no por mera coincidencia, es lo más “peliagudo”.

En teoría la creación de dinero debería ser una prerrogativa de los poderes públicos, al menos, si no en cuanto al que se crea por reserva fraccionaria, sí en cuanto al llamado strong money, esto es, dinero directamente creado sin relación a una deuda. Ello traería grandes beneficios a los ciudadanos. Si una sociedad crece, pongamos, en un año un tres por ciento, ello quiere decir que necesita una cantidad equivalente de circulante que puede crearse de la nada, sin causar inflación. ¿Se dan cuenta de lo que digo? El Estado, hoy endeudadísimo y pendiente de primas de riesgo, en estas condiciones, contaría con un tres por ciento de la riqueza del país en efectivo sin cobrar un solo impuesto. Pero algo ha ocurrido para que las cosas no funcionen exactamente así, esto es, de la manera más lógica y adecuada a la utilidad pública (¿será porque hay a quién nuestros intereses le importan una higa?). Desde ya el siglo XVIII, a causa del control de los estados por minorías de gran poder financiero, se extendió la política de delegar la creación de dinero a instituciones bancarias privadas. Ello a pesar de que tales prácticas resultaban, de facto, inconstitucionales en algunos países. Asi la sección 8 de la Constitución de los Estados Unidos de América reserva al Congreso la facultad “de emitir dinero y regular su valor”, función pública, y por tanto indelegable, al menos a entidades privadas.

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Podríamos pensar que haya habido algún líder político que no aceptara tener que pedir dinero a las corporaciones bancarias, y decidiera crear dinero, en uso de las facultades inherentes a su cargo, para atender los gastos públicos corrientes sin tener que expoliar a sus conciudadanos. Y en efecto, esto ha ocurrido, en los Estados Unidos de América, ya que hemos hablado de este país, en dos ocasiones:

- durante la guerra civil americana Abraham Lincoln se negó a pagar los intereses que le exigían los banqueros de Nueva York (un insignificante 36 %) y creó dinero utilizando las prerrogativas constitucionales (greenbacks, billetes de reverso en tinta verde).

- durante los años 60 del pasado siglo, John F. Kennedy, asesorado por su Interventor de Circulante, James Saxon, comprendió la estafa que se perpetraba contra el pueblo americano y dictó la orden ejecutiva 11110, permitiendo expedir dinero libre de interés sobre las reservas de plata del Tesoro.


Nótese que ambos acabaron igual, cosidos a balazos. Pero no de cualquier manera. Quiero decir, podían haberlos envenenado, y la cosa habría resultado mucho más discreta. No se quiso así. Fueron asesinados en público, el último ante una cámara, manejada probablemente por uno de los conspiradores. ¿Para qué? Como aviso. Para mostrar al mundo, o al menos a sus sucesores en el cargo, lo que cuesta enfrentarse a los amos (y son tan astutos que emitieron moneda de la Reserva Federal, pool de bancos privados, con el rostro del Presidente asesinado, para hacer olvidar el “dinero Kennedy”, de sello rojo, muy difícil de encontrar, porque la emisión fue inmediatamente retirada tras el magnicidio). Por eso digo que el tema es peligroso. Todo lo que se acerca demasiado a la fuente del poder real, siempre lo es.

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Durante las décadas de petróleo barato, los plutócratas dueños del sistema han creado dinero a espuertas y, por supuesto, se han quedado gran parte, atrincherados en sus Consejos de Administración, riéndose de los accionistas, cobrando jubilaciones millonarias, indemnizaciones por “despido” pactadas consigo mismos (que me dejen a mí decidir lo que me tienen que pagar cuando me echen), así como comisiones suculentas por operaciones absurdas que no tenían otra finalidad que ampliar sus patrimonios particulares (la última conocida la del City National Bank of Florida por Caja Madrid, aunque ya hemos visto lo que dura un banquero en la cárcel).

Pero tienen mejor información que nosotros, y saben que los tiempos están cambiando. Y no precisamente porque las masas aborregadas, siempre comprables a bajo precio y asustadizas, se les vayan a rebelar (la rebelión siempre surge en minorías valerosas, cuando no de oscuras conspiraciones, por definición mucho más minoritarias, aunque nos hayan vendido otra cosa), sino porque los recursos del planeta se están agotando, y el dinero, recordemos, símbolo pero no riqueza, pronto no tendrá base sobre la que sustentarse. Años de creación de moneda ficticia han llevado a que se necesiten 15 planetas Tierra, a precios actuales, para mantener su poder adquisitivo. Así que toca deflación, apretarse el cinturón, recortes, un ratito, para que no se note que algo nuevo e inusitado está ocurriendo, y que los billetes y sus sucedáneos (acciones, derechos de adquisición preferente, derivados financieros,…) pronto no valdrán nada, y así nuestros diligentes multimillonarios se puedan ir desprendiendo de ellos poco a poco, para ir adquiriendo activos tangibles.

Pero al final, cuando empiece a quedar claro que el crecimiento ha terminado para siempre, que la deuda no se pagará, y que el efectivo es humo, la pirámide de liquidez saldrá de golpe a escena, desde los paraísos fiscales donde se esconde, y habremos llegado a nuestro inexorable destino final, la hiperinflación, que destruirá definitivamente nuestro sistema monetario, basado en la creación de dinero de la nada, a costa del endeudamiento de generaciones futuras y la esclavización de multitudes alienadas por el consumismo, para el exclusivo beneficio de unos pocos. Cuando esto ocurra, ignoro los plazos, depende de múltiples factores y decisiones políticas, ya nada será igual. ¿Estamos preparados?

Saludos,

Calícrates

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