sábado, 25 de mayo de 2013

El interés



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Ya acometí el delicado tema del dinero, en el post anterior. Sin embargo quise empezar dando una pincelada muy superficial al tema, por una parte porque, como ya se ha explicado, se trata de una materia bastante peligrosa, pues tiene relación con el control social, con el poder. En segundo lugar porque demasiadas concreciones técnicas podían alejar al potencial lector medio, que no tiene porque entender demasiado de macroeconomía.

De todas maneras, y una vez expuesta, en términos generales, la estafa que supone el actual esquema de producción monetaria, que literalmente nos convierte en esclavos del sistema, me gustaría profundizar en como funciona de verdad el engaño.

A un millonario le preguntaron una vez cuales eran las dos cosas mejores que había en el mundo. Contestó: los intereses de los préstamos y las fundaciones. Dejemos de lado a estas últimas instituciones, de gran utilidad, en efecto, para ocultar caudales oscuros y eludir impuestos. Nos centraremos en los intereses que, en efecto, constituyen la clave de la estafa monetaria. Tal vez así empecemos a entender que algunas prohibiciones religiosas, vigentes en la Edad Media, relativas al cobro de intereses (aún existen en el Islam), y no necesariamente sólo los usurarios, estaban excelentemente concebidas, y tenían como finalidad la protección social. También entenderemos por qué, en aquéllos tiempos, quienes prestaban con interés eran mirados con sospecha, y comprenderemos que no era estrictamente por motivos racistas o xenófobos.

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Hemos visto que el dinero, producto de la complejidad social es, o debería ser, un producto de un acto de autoridad, convertido en Ley, y gestionado a favor de la utilidad pública. También hemos visto como desde hace siglos se han ido prostituyendo estos nobles fines, que el dinero es emitido por entidades privadas y que, por si fuera poco, los bancos tienen la capacidad, a través del sistema de reserva fraccionaria, de multiplicar la masa monetaria en circulación. Con sólo estas determinaciones ya nos estarían robando (ya explicamos como una sociedad en crecimiento podría subsistir sin prácticamente gravar con impuestos a sus ciudadanos), pero cuanto el latrocinio se convierte directamente en atraco a mano armada es cuando en el esquema se introduce el tipo de interés.

Creado el dinero empieza a circular, su finalidad básica. Incluso otorgando el monopolio de la acuñación a entidades privadas, y permitiendo a los financieros crear dinero de la nada a través del crédito, en términos macroeconómicos no existiría gran problema. En estas condiciones lo único que ocurriría es que los bancos estarían apropiándose del crecimiento económico para su exclusivo beneficio, a cambio de nada, que no es poco, y por lo tanto vampirizando a la sociedad. Pero aún con todo, el dinero circulante serviría para ir satisfaciendo las obligaciones cambiarias. Pero si aparte lo anterior, además introduces el interés, entonces todo cambia. Se ha creado dinero, a través del préstamo o de otra manera. Ese dinero existe y, en términos globales, a salvo situaciones particulares, podrá ser devuelto. Si es dinero inventado por el banco, éste camuflará la devolución, aunque ahora ya no es necesario porque ya vimos que la estafa es legal, y simplemente amortizará un dinero que nunca existió.

Sabemos, pues, quien creó el dinero original. Sabemos quien creó el dinero derivado, producto del préstamo. Pero ahora introduzcamos un elemento nuevo. Todo el dinero, creado de una u otra manera, devenga interés. ¿Quién crea este nuevo dinero generado por la masa monetaria ya existente? La solución es muy clara: nadie. En definitiva estamos ante el juego de las sillas. Tarde o temprano va a dejar de sonar la música, y alguien va a quedarse sin asiento, esto es, no va a poder hacer frente a sus obligaciones. En definitiva: LA BANCARROTA FORMA PARTE DEL SISTEMA. No es una excepción, algo anómalo que ocurre de vez en cuando a alguien que tiene mala suerte en los negocios, sino un elemento buscado por los que manejan los hilos de la rueda financiera, para acabar acaparando, a precios de ganga, toda la riqueza de un país.

Tarde o temprano, la capacidad de crear dinero, unida al hecho de que cada centavo en circulación produce nuevos réditos para quien lo ha generado, lleva inexorablemente a que todos los capitales retornen al origen, esto es, vuelvan a manos del sistema financiero del que proceden, que tiene el monopolio de su creación y distribución.

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Hagamos la prueba a nivel particular, como si se tratara de un juego. Repartamos fichas, por ejemplo cien a cada jugador. Simulemos un mercado abierto, con múltiples intercambios, algo parecido al Monopoly. Uno de los jugadores tiene que hacer el papel de banquero, será encargado de suministrar las fichas, y cobrará por sus servicios, facilitar efectivo, una modesta retribución, pongamos un exiguo cinco por ciento de las fichas emitidas, que debe abonar cada jugador en un plazo señalado, pongamos cada diez tiradas. Si mantenemos el juego el tiempo suficiente, nos daremos cuenta de que todos los jugadores van quebrando sucesivamente, y al final el que representa a la banca se hace con absolutamente todas las fichas del juego. Es simple y complicado a la vez, por eso muchos no lo entienden. Pero no es nada diferente a los mensajes de un Príncipe Nigeriano que circulan por la red, que te pide dinero para repatriar fondos de su país, a cambio de retribuirte con creces cuando lo consiga. Es sencillamente un timo. Para que no nos demos cuenta, a nosotros también nos retribuyen, eso sí muy parcamente, por el dinero que tenemos en depósito, pero claro, nosotros no podemos crear dinero de la nada, ni por tanto tenemos capacidad real para ser operadores privilegiados del sistema. Tarde o temprano también seremos expoliados.

Saludos,

Calícrates

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