sábado, 5 de octubre de 2013

El excremento del diablo



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Probablemente quienes iniciaron la explotación y utilización masiva del “aceite de piedra” debieron pensar que hacían un gran servicio a la humanidad. Sin embargo en realidad hacían caer sobre el “mundo del hombre” un pesado yugo, una auténtica maldición, condenándonos al más cruel de los destinos, el crecimiento desmesurado abocado al más temible precipicio, a la frustración de la más peor de las quimeras, en definitiva a algo parecido al engorde del animal cebado para el día del gran sacrificio.

Me dirán que en el entretanto no nos ha ido tan mal, que hemos tenido Ipads, hemos viajado a destinos exóticos, hemos degustado alimentos exquisitos traídos a nuestras rebosantes mesas desde el otro confín del mundo. También, y para nuestra definitiva alienación, nos hemos cansado de contemplar el mágico televisor, portador de todas las imágenes posibles y aún imaginables. Pero no es esto. El primer axioma de la planificación social es la sostenibilidad de lo planificado. ¿De que te sirve correr mucho para luego caer exhausto? ¿Para que pensar en explorar galaxias si luego no tienes para comer? ¿Porqué permitir una oleada de prosperidad a corto plazo para luego sumir en la ruina a las generaciones futuras?

Me acercaré al elemento básico de nuestra cultura del consumo, el petróleo, justamente denominado en su día por el diplomático venezolano Juan Pablo Pérez Alfonso “el excremento del diablo”, desde una perspectiva abiertamente simbólica (que ya he ensayado en algún post anterior), muy diferente de la forma de pensar lineal a la que estamos acostumbrados, que podría sugerir que existen metodologías muy diferentes de las que se emplean corrientemente en nuestros círculos académicos oficiales, escuelas técnicas superiores y facultades de ciencias exactas y naturales. Me basaré para ello en el artículo publicado en la Revista Símbolos, bajo el título El simbolismo del petróleo.

Es muy significativo que la principal fuente de energía de la sociedad moderna sea una substancia subterránea, producto de la descomposición orgánica de residuos vegetales y animales, el aceite de piedra, el aqua infernalis medieval

Y decimos significativo porque, en otro orden de cosas mucho más trascendente, el de las ideas y los valores, ocurre un fenómeno parecido. Lo que se ha venido en llamar la evolución del pensamiento, o el progreso científico, no es, en el fondo, sino la vulgarización de una serie de tendencias que en las antiguas sociedades Tradicionales estaban escrupulosamente delimitadas, cuando no completamente erradicadas. Son proverbiales los conocimientos matemáticos, astronómicos y geométricos del mundo musulmán del medioevo, y la importancia de su cultura, nodriza en este campo de la occidental. Sin embargo, el desarrollo de las posibilidades y aplicaciones prácticas que tales conocimientos suponían nunca pasó del orden teórico, a causa de la consciente prescripción de las de las leyes y doctrinas islámicas. En cualquier civilización Tradicional la manipulación de materiales del mundo subterráneo, no sólo el petróleo, también la fundición de metales, siempre ha sido objeto de un especial y consagrado tratamiento, solo ejercido, además, por las castas sacerdotales (ver los antiguos Kuretes, los Kabires y Dáctilos). Se sabe que el primer hierro que se utilizó no era de mina, sino meteórico, caído del cielo, y que mucho más tarde se optó por extraerlo de la tierra. Los indígenas americanos se servían igualmente en exclusiva del hierro celeste.

Estas proscripciones provenían de la constatación de que al mundo subterráneo le es inherente, desde el punto de vista simbólico, un sentido tenebroso, que se manifiesta también en la cualidad de los materiales que de él proceden. El simple hecho de encontrarse bajo nuestros pies, en lugar diametralmente opuesto al cielo y a su bóveda estrellada, lo define y ubica simbólicamente en el orden universal, dándole un valor propio, que presupone un determinado papel en relación al ser humano y su mundo.

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Las entrañas telúricas encierran un potencial de energías de dicha índole, es decir subhumano e infrahumano, que el hombre arcaico mantenía a raya a través de la fuerza eficiente de los ritos y los símbolos. La propia utilización del petróleo y sus derivados no constituía en la antigüedad, por descontado, una dependencia vital. Tampoco se realizaba un consumo exhaustivo de aquéllos, sino puntual y perfectamente tasado, en función de aplicaciones perfectamente inocuas e incluso consagradas.

Así se mantenía la armonía universal en el plano de lo humano, una de las funciones del Hombre Verdadero, del hombre tradicional. Pero el prohombre moderno, que es en realidad un hombre caído, ha desechado tan sabias precauciones, en su ciego afán consumista y depredador.

El petróleo es un líquido viscoso, un óleo, que como tal es a la vez ígneo, y por tanto almacén de luz y vida. No podría ser de otro modo, puesto que toda energía, aun la más telúrica y subterránea, tiene en última instancia su origen en el Sol, es decir: en la Luz y en el Espíritu.

El aceite de piedra tuvo antiguamente, hemos visto, un carácter y consideración marcados precisamente por su carácter inferior, y su origen mineral. Ahora bien, esta misma naturaleza de "agua infernal" es la que ha permitido canalizar su energía o potencia hacia la creación de un mundo artificial e inhumano, el de los motores y las máquinas, pues él es el alimento que los anima y dota de la falsa vida que manifiestan. De este modo, quebrantado el entredicho que pesaba sobre el pestilente y venenoso líquido, destructor de vida en los reinos naturales superiores (vegetal y animal), el hombre ha llegado a crear un sofisticado mundo mecánico, pseudo-animado, y ha creado una poderosa ilusión de movimiento y velocidad en el plano físico que no deja de ser, por inferior, la más evanescente y peligrosa de las posibilidades incluidas en el ciclo, como claramente podemos verificar por la comprobación empírica del agotamiento de sus reservas, que ya vislumbramos, y las crisis económico-políticas a que su escasez está dando lugar, por mucho de que los medios de comunicación corporativos nos mantengan racionada la información sobre el particular.

Es de observar la densidad del material de que tratamos, su ya mencionada procedencia de la degradación material de elementos muertos o desechos, su asimilación a la simbólica del color negro, y por ende su relación con el origen nocturno y acuoso, con la medianoche, la inmanifestación, así como su dualidad, por del retorno al mencionado estado mediante un proceso de combustión o derretimiento de estructuras, que bien podría compararse con el ocaso y fin de una civilización. 

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También debe destacarse su antigüedad, que lo vincula con los orígenes remotos donde se encuentran todas las posibilidades de manifestación, incluso las más inferiores, y su eclosión como factor imprescindible de la existencia actual hace apenas unas décadas, lo que pone en relación el principio y el final de un ciclo, punto éste en el que se manifiesta su fatal energía, una entidad destructiva impuesta al hombre por el hombre mismo, invocada como una falsa deidad llamada progreso (con un culto oficial a cargo de sus sumos sacerdotes, como dice John Michael Greer), reflejo de la ignorancia, la alienación, la dependencia y la impotencia de la humanidad contemporánea, que no ha podido crear ninguna alternativa de cambio a la servidumbre que aún le profesa, ni lógicamente podrá, puesto que la civilización moderna es producto directo de su potencia energética, y dejará de existir cuando aquélla falte.

Sí, los hombres de la Edad Media conocían muy bien el petróleo, el acqua infernalis, y también las "influencias" nefastas que eran producto de su uso y manipulación desmesurados. Pero tales advertencias fueron desoídas, ya lo he dicho, por los que diseñaron el modelo de civilización que estamos padeciendo, que como todos sabemos encuentra su principal sustento en sus múltiples derivados. Gasolina, carburantes, productos sintéticos, medicinas, plásticos,… forman parte esencial de nuestro entorno cotidiano, y sus efectos polucionantes no son sino una consecuencia nefasta más, inherente a su naturaleza inferior y maligna.

Las influencias del mundo subterráneo han, pues, brotado al exterior, y han provocado efectos verdaderamente destructivos y caóticos. Es de destacar la mutua influencia entre la energía mineral y el hierro, otro elemento subterráneo ligado al planeta de la guerra y de la destrucción (Marte). Los combustibles fósiles sirven para fundir y dar forma al acero, el que a su vez permite descubrir nuevos depósitos de aceite mineral, así como depredar y mancillar a la Madre Tierra, en una búsqueda febril de nuevos recursos, impuesta por un sistema económico dependiente del crecimiento exponencial, hasta la completa extenuación del mundo físico.

¿Acaso no estamos viviendo, junto con toda la naturaleza en su conjunto, esos efectos? La depredación y destrucción planetaria ¿no se verifican a través del metal, del hierro, el cobre, el plomo, el aluminio, el uranio empobrecido?, y mediante ingenios infernales, portaaeronaves, cazabombarderos,  retroexcavadoras, compactadoras, bulldozers, camiones y grúas gigantes, lanzamisiles, tanques, morteros,…

Los "símbolos" ligados al petróleo, y este mismo componente, no expresan evidentemente nada que se refiera a un orden superior, sino netamente inferior, es decir infernal (inferior = infer-nus). Es, pues, un simbolismo claramente "invertido". Veamos un ejemplo. ¿Por qué se denomina "oro negro" al petróleo? Una primera lectura nos diría que ese apelativo le viene dado por un valor económico (el petro-dólar) que lo hace semejante al valor del oro. Pero el oro es un metal que en todas las culturas tradicionales ha sido asociado al sol, el que a su vez ha sido considerado como el símbolo por excelencia del Dios creador (el Apolo griego), donador de la vida y del orden universal.

Es de observar que cualquier deidad celeste y luminosa también tiene una contrapartida infernal y oscura, es decir un reflejo invertido, su sombra. En el caso de la deidad que el sol simboliza, ese aspecto sombrío recibe en la tradición judeo-cristiana el nombre de Samael o Satán, el Adversario. Esta entidad es la que simboliza precisamente el «oro negro» del petróleo, de lo que se deduce que éste podría ser considerado como un "vehículo" que sirve de «soporte» para la manifestación de aquélla, para que factible el despliegue de su labor disolvente y disgregadora, la que por cierto cumple una función específica dentro del final del ciclo que estamos viviendo.

Saludos,

Calícrates

1 comentario:

  1. Pienso que es una gran aportación la visión histórica y simbólica, pero creo que bastante errada. Todos tenemos la tendencia a interpretar las cosas a partir de lo que mejor conocemos. Así, rodeados de semejantes, olvidamos las relaciones causa-efecto y nos regimos por las de culpa-castigo. Y cuando la ira, la indignación y la desesperación se apoderan de nosotros, pedimos la sangre antes que el pan. No seríamos la primera civilización que colapsa, pero lo peor de los errores es que no aprendamos nada de ellos, o saquemos conclusiones que nos lleven a la autoflagelación o al linchamiento. Tampoco seríamos la primera especie que se extingue.
    El error se puede describir de forma sencilla: actuamos como si no hubiese límites en el uso de los recursos naturales y como si nuestras actividades no tuviesen consecuencias que pudieran afectarnos. En resumen, puede que hayamos oído hablar de las leyes de la termodinámica, pero nos comportamos como si no las conociéramos.
    Un saludo

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