martes, 29 de octubre de 2013

Un caso real



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La huelga petrolera de Venezuela, entre diciembre de 2002 y enero de 2003. Bueno, para algunos más que huelga “sabotaje petrolero”, un salvaje paro patronal que habría tenido como objetivo derrocar al gobierno de Hugo Chávez, promovido desde el exterior por los de siempre (Usamérica) y apoyada en el interior por sus lacayos de la central empresarial Fedecámaras, los directivos y trabajadores de alto nivel de la empresa Petróleos de Venezuela (PDVSA), los partidos de la desleal oposición, aglutinados en la coalición Coordinadora Democrática, y otros “elementos subversivos”.

Carezco de datos suficientes, por lo que no entraré a analizar la cuestión desde el punto de vista político, aunque las andanzas de la inteligencia americana por esas tierras, y su interés por el control del país y de la producción petrolífera venezolana (confirmado por el “golpe de estado” que había tenido lugar pocos meses antes) me hacen temer lo peor. Me centraré, en todo caso, en analizar las consecuencias para la población del desabastecimiento de combustibles que tuvo lugar en tales fechas, como consecuencia de la paralización de las actividades petroleras, basándome en el testimonio de Vladimir, un joven venezolano que vivió de primera mano la experiencia de lo que significa que un país se quede sin petróleo. Examinaremos las diferentes etapas del camino hacia el infierno que, salvando la cadencia de tiempos, nos pueden ofrecer interesantes indicios sobre el inquietante futuro que nos espera.

FASE I.- Al principio, no pasa nada...

Durante los primeros tres días de la huelga, la vida cotidiana seguía desarrollándose como de costumbre. La gente iba al trabajo, hacía sus compras, paseaba, veía la televisión,… como si nada estuviese ocurriendo, como si la cuestión no fuera con ellos. Sin embargo el miércoles por la tarde (el conflicto había empezado el lunes) se empezaban a notar colas en las estaciones de servicio para cargar combustible que, en ocasiones llegaban a los 200 metros, y que a todos parecían eternas, por la sencilla razón de que no podían sospechar lo que les esperaba. Al fin y al cabo el protagonista de los hechos vivía en Maracaibo, la capital petrolera de Suramérica, y no tenía idea de lo que era un corte de suministro de carburante, ni de sus efectos.

Como añadido personal diré que, a nivel global, esta es la fase en que nos encontramos ahora. Algo ha ocurrido (ocurrió en el año 2006, el cenit de producción de petróleo convencional) y notamos que las cosas no se desarrollan como de costumbre. Existen algunos problemas que creemos pasajeros (crisis, paro, problemas financieros, restricción del crédito, recortes,…) pero no nos hacemos cargo de lo serio de la situación, y no tenemos remota idea de lo que realmente nos espera, porque si la tuviéramos actuaríamos de forma muy diferente.

FASE II.- Las cosas se complican...

El viernes 6 de diciembre (han pasado cuatro días desde el comienzo del paro), la situación había empeorado, por el anuncio de que la marina mercante se unía a la huelga. Para entonces las colas en las estaciones de servicio alcanzaban los dos kilómetros de distancia en las principales ciudades, mientras que los pueblos pequeños sencillamente se quedaron sin carburante, pues el gobierno desviaba el combustible hacia los grandes núcleos de población, para evitar disturbios y saqueos, política que funciono hasta que la situación se hizo mas grave (y que nos ofrece un importante indicio de cómo se distribuirán las menguantes reservas energéticas en una situación de emergencia).

El día 15 de diciembre las colas para cargar combustible, tanto en Caracas como en Maracaibo, y lo mismo en el resto del país, alcanzaban cifras record de 20 Km. Pero esto no es lo peor. Empieza a empieza a ocurrir algo extraño. Ya no es que faltaran gasolina o diésel para los automóviles. Es que empezaban a escasear los productos alimenticios. La razón es muy sencilla. Al no haber combustible no había transporte ni, por tanto, producción, tanto de materias primas como de productos elaborados. Además, aunque la hubiera, no habría forma de trasladarla a los centros de distribución.

Vladimir nos narra sus increíbles peripecias en aquéllos lúgubres días: “recuerdo muy bien que mi padre y yo nos turnábamos para cargar combustible en la estación de servicio más cercana a nuestra casa. Yo llegaba temprano a eso de 7 de la mañana a donde estaba el auto en la cola, después de caminar 2 o 3 kilómetros, a relevar a mi padre que se había pasado toda la noche haciendo cola, y me informaba de la situación, que incluía generalmente atracos, o riñas por los primeros puestos en las colas”.

En efecto, pocos días antes de los que son objeto de narración un camión cisterna de 56 mil litros llegó a abastecer esa estación y fue asaltado por una pandilla de atracadores que mataron a dos de los escoltas del convoy y a tres soldados que custodiaban la bomba, todos los cuales estaban armados con fusiles ametralladores. Afortunadamente para los miles de personas que estaban haciendo cola, no pudieron llevarse el camión cisterna. Aunque como siempre llegaba el combustible y se empezaba a despachar la alegría era de corta duración, y se esfumaba cuando pasaban los primeros cien vehículos (automóviles, camiones, camionetas, autobuses,…) y consumían todo el combustible.

Lo peor, a tenor de la narración de Vladimir eran los devastadores efectos psicológicos de todo lo que venía sucediendo. Recuerda al mencionado que al mediodía sacaba un sándwich, para mitigar el hambre, y se preparaba emocionalmente para afrontar el resto del día. Muchas cosas le atormentan a uno mientras se encuentra en una situación así, haciendo cola durante horas metido en un automóvil, oyendo las noticias de la radio sobre el caos producto de la situación política, y con la incertidumbre de que los acontecimientos se pusieran fuera de control, y de que los bandos en pugna tomaran abiertamente el camino de la violencia armada, llevando la espiral infernal hasta las proximidades del abismo.

FASE III- La situación empeora aún más...

Durante la segunda y tercera semana de diciembre de 2002, la situación empeoró dramáticamente. Pasaron cinco días sin que llegara una gota de combustible, porque el gobierno desvió el poco que quedaba al transporte público (nuevo importante dato sobre las decisiones más previsibles en caso de escasez energética), por lo que la gente dejó abandonados sus vehículos y se fueron frustrados a casa, para hacerle frente a otro problema que había ido cobrando cada vez mayor importancia: la falta de alimentos y de gas para uso doméstico.

La mayoría de los venezolanos había hecho compras nerviosas durante los primeros días de la crisis, incluso antes del 2 de diciembre (día del comienzo oficial de la “huelga”. Pero a medida que se acercaba la primera semana de enero las despensas empezaban a bajar peligrosamente. Quienes tenían algo de dinero extra para capear la tormenta, habían conseguido productos que les permitían aguantar uno a dos semanas más, racionando el alimento hasta el extremo. Pero para las familias con pocos recursos, que necesitaban ingresos diarios para subsistir, pues no cuentan con reservas de ahorro, la situación había devenido crítica, por lo que se desató una oleada de saqueos masivos de comercios, para poder comer, especialmente en los “cinturones de miseria” que rodean las grandes urbes (Caracas tiene seis millones de habitantes). Sin embargo aquélla marejada salvaje, que dejó instalaciones comerciales destrozadas e incendios generalizados, no obtuvo prácticamente resultados, puesto que los almacenes y supermercados estaban vacíos, con lo que el hambre siguió su siniestro camino. Otro detalle importante, señal para navegantes. El gobierno y los medios de comunicación, pactaron censurar la información en relación con los asaltos, para “no incitar al saqueo”.

Pero los alimentos, además, requieren de preparación. El siguiente problema se suscitó en relación a cómo cocinarlos. Vladimir explica que Maracaibo tiene una red de gas de uso doméstico, pero hay zonas que no se encuentran cubiertas por aquélla, y lógicamente el servicio de distribución de gas en bombonas estaba interrumpido, por lo que se utilizaba carbón o leña a fin de poder consumir los alimentos perecederos, que requerían de refrigeración (pues los apagones se iban generalizando), así como para no echar mano de la comida enlatada, que se conservaba como oro en paño, como único recurso por si la situación se prolongaba.

FASE IV- Se cae el suministro eléctrico...

El suministro de energía eléctrica aguantó hasta la primera semana de enero (un mes desde el día D). Pero después llegó la oscuridad total a diversas regiones de Venezuela (veinticuatro horas al día sin electricidad, agárrame la mosca por el rabo), pues el gas escaseaba.

Sin embargo hubo estados afortunados, en concreto los que eran abastecidos por el complejo hidroeléctrico del Gurí, que estaba funcionando a su máxima capacidad y que, gracias a que el consumo había caído fuertemente debido a la inactividad del sector industrial y comercial, no tuvieron mayores problemas.

Esta situación de caos absoluto, para algunos más que para otros, se mantuvo durante las tres primeras semanas de enero. El gobierno, a la desesperada, empezó a comprar alimentos en el exterior (lo que pudo hacer por su sabia política de mantener bien provistas las arcas del Estado), distribuyéndolos racionados para mitigar el desabastecimiento.

FASE V- Algunos hacen negocio…

Mientras tanto el crimen organizado estaba sacando suculentos réditos del contrabando de alimentos y combustible desde Colombia y Brasil (generando a su vez desabastecimiento en las zonas fronterizas de los países mencionados) al cobrar la gasolina, que en Venezuela ha estado siempre subsidiada, casi cuatro veces más cara respecto de su precio normal.

Pero es que además los contrabandistas ya no estaban aceptando el Bolívar como moneda de pago, porque el Banco Central de Colombia y las autoridades comerciales locales brasileñas prohibieron las transacciones en esa moneda, debido a que había sufrido numerosas maxi-devaluaciones y no se sabía a ciencia cierta cual era su valor real.

Todo lo que narramos sucedía paralelamente a una guerra política sin cuartel por el control del gobierno central, que se libraba en las calles y en los campos petroleros, con un buen número de muertos y heridos, en medio de un caos indescriptible, que llego a su fin con el despido de 20.000 empleados de PDVSA (el 50% de la plantilla), el desmantelamiento de buena parte de la estructura industrial y comercial del país, y la aceptación por parte del Gobierno Nacional de un referéndum revocatorio, el cual se realizó el 15 de agosto de 2004, con resultados poco alentadores para la dirigencia imperial y sus secuaces.

Pero a pesar de la finalización del conflicto, la situación sobre el terreno continuaba igual. Seguían las colas kilométricas en las estaciones de servicio y establecimientos expendedores de contenedores de gas. Los apagones que continuaban. Esto era debido ya no a la falta de combustible sino al colapso del sistema (otro dato importante a tener en cuenta).

Los productos de primera necesidad, como los alimentos y medicinas, lentamente volvieron a los estantes de los comercios, pero tres o cuatro veces más caros que antes. Hubo de implantarse un control de cambio debido a que el dólar salto de 1600 a 1900 bolívares, para el cambio oficial, pero en la calle el dólar alcanzo los 3000, y hasta los 3500 bolívares. Afortunadamente el gobierno implementó un control de precios en los artículos de primera necesidad que permitió capear la situación sin que estallara una nueva revuelca en un país ya de por si dividido.

Acaba Vladimir su relato con estas palabras: “la situación se estabilizó después de dos meses, pero las secuelas repercuten hasta nuestros días, y no hay que ser un genio para darse cuenta que a medida de que la situación energética del mundo empiece a empeorar, dentro de algunos años, empezara a imperar la política de “sálvese quien pueda”, donde los que llevaremos la peor parte somos los que vivimos en países con recursos naturales debido a que seremos (ya lo estamos siendo y lo hemos sido), los blancos de la intriga internacional”.

Quedemos con los hitos de la sucesión de acontecimientos:

- desabastecimiento.
- desvío de recursos a los grandes centros urbanos.
- fuertes medidas de seguridad, que no detienen la violencia urbana.
- falta de alimentos.
- saqueos.
- censura previa y bloqueo informativo.
- apagones selectivos, que son totales en algunas regiones.
- contrabando y mercado negro.
- disturbios políticos en las calles.
- distribución centralizada y racionamiento.
- inflación y destrucción monetaria.
- control de precios y transacciones de divisas.

Evidentemente tratamos de un supuesto puntual de desabastecimiento, causado por una situación política muy concreta y difícilmente repetible, al menos en sus rasgos más específicos. Sin embargo la película de los hechos, al ralentí, en lugar de en un mes en cuarenta años (número cabalístico de la prueba y la tribulación) es perfectamente aplicable a la situación en que nos encontramos. Pero no lo sabemos porque se prefiere mantenernos a oscuras, para favorecer quién sabe que oscuros designios e intereses. O tal vez porque no estamos preparados para lo que se avecina, y viviremos más felices si nos lo encontramos cuando ya no tenga remedio.

Si no fuera por estos malditos whistlebloggers…

Saludos,

Calícrates

1 comentario:

  1. El problema es que en nuestras circunstancias no habrá vuelta atrás, no hay un final feliz para quienes no se hayan preparado con mucha antelación y aún así, el caos llegará hasta los confines de la civilización.
    Al parecer preferimos un suicidio colectivo que enfrentarnos a una trabajosa e incómoda transición. Antes muertos que sencillos.
    Un saludo

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