jueves, 10 de octubre de 2013

Velocidad de circulación



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No, este post no va, a pesar del título, sobre la última ocurrencia del Gobierno de la marca España (ya da miedo leer el BOE, o interesarse por proyectos legislativos), que prevé aumentar la velocidad permitida a turismos, en algunos tramos de autopistas, hasta los 130 km/h. La verdad es que los precios del carburante, y la edad de nuestro parque móvil están para estas alegrías y para mucho más (es broma, claro). Pero bueno, supongo que se trata de darle más gusto al cuerpo (¡todavía!) a los escasos poseedores de Mercedes clase C, que disponen de liquidez para dedicarse a tirar el precioso combustible, que pronto nos hará más falta que nunca.

Como digo no se trata de esto, sino de examinar un concepto económico básico, que tiene una influencia determinante en el desencadenamiento de un período inflacionario. Dos variables son necesarias para que nos encontremos sumergidos en tal eventualidad económica:

1.- aumento de la oferta de dinero (de la masa monetaria en circulación).
2.- incremento de la velocidad de circulación de aquél.

La velocidad de circulación del dinero es el promedio de la frecuencia con la que una unidad monetaria se gasta en nuevos bienes y servicios producidos en el país en un período específico de tiempo.

En la práctica, los intentos de medir la velocidad del dinero son generalmente indirectos:

Vt = nT / M

donde Vt es la velocidad del dinero para todas las transacciones, nT es el valor nominal de las transacciones globales, y M es la cantidad total de dinero en circulación.

Si, por ejemplo, en una economía muy pequeña, un agricultor y un mecánico, con tan sólo una oferta de dinero de $ 50, compran nuevos bienes y servicios entre sí en sólo tres operaciones en el transcurso de un año como sigue:

  • El agricultor gasta $ 50 en la reparación del tractor.
  • El mecánico compra $ 40 de maíz del agricultor.
  • El mecánico gasta $ 10 en otros productos del granjero.

Observamos que 100 dólares cambiaron de manos en el transcurso de un año, a pesar de que sólo hay 50 dólares en circulación en esta pequeña economía. Ese nivel de 100 dólares es posible porque cada dólar se gasta en nuevos bienes y servicios un promedio de dos veces al año, es decir, que la velocidad era 2/año. Hay que tener en cuenta que si el agricultor compra un tractor usado al mecánico o le hace un regalo al mecánico, estas operaciones no entran en el numerador de la velocidad, ya que la operación no sería parte del producto interno bruto de esta pequeña economía.

Las expectativas de inflación también afectan a la velocidad de circulación, pues aceleran la demanda de productos y servicios. Mientras que la perspectiva de bajadas consiguen el efecto contrario. Por eso es tan dañina la deflación, pues si esperamos que una mercancía baje demoramos su adquisición, ocasionando un desplome de la demanda agregada y, por ende, de la actividad económica.

Para los keynesianos, la hipótesis de los economistas neoclásicos sobre que la velocidad de circulación del dinero es constante era poco realista, lo que viciaba de raíz la proposición básica del monetarismo, según la cual un aumento de la oferta monetaria (M3), una vez financiado el crecimiento del producto, entrañaba necesariamente un aumento del nivel de precios.

En cambio supuestos estudios empíricos de Milton Friedman (ver post “La verdadera doctrina del shock”), principal exponente del monetarismo, al parecer mostraban que la velocidad de circulación sí es constante, o al menos predecible a corto plazo y, por tanto, cabía concluir que todo cambio en la cantidad de dinero tendría influencia sustancial en el resto de las variables macroeconómicas, entre ellas la velocidad de circulación, lo que, a tenor de lo que presenciamos actualmente, no deja de ser otra tontería más de la Escuela de Chicago.

¿Cómo es posible que aumente la masa monetaria y no lo haga la velocidad de circulación del dinero? Pues porque tal eventualidad es perfectamente concebible y lógica, y porque, una vez más, Keynes tenía razón, pues era honesto, mientras que Friedman, marioneta de las élites pútridas, testaferro empleado para confundirnos de cara a los terribles tiempos que nos esperan, faltaba a la verdad deliberadamente. En efecto, hay que tener en cuenta, y se entiende sin haber estudiado economía en Harvard, que el dinero que se utiliza para gastos corrientes circula mucho más rápido que el que se dedica al ahorro. Por tanto, si los individuos de una colectividad deciden ahorrar menos y consumir más, la velocidad de circulación tenderá a aumentar.

Esto tiene otra consecuencia inesperada. Los pobres, que dedican casi toda su renta al consumo (porque no tienen más), son tremendamente inflacionarios (por eso a Friedman no le gustaban). Dicho de otra forma: poner dinero en manos de los ricos permite generar dinero a espuertas con escasas perspectivas de inflación. Y esto es lo que está pasando ahora y por eso sucesivas quantitative easing y barras libres de liquidez con intereses de risa del BCE no están teniendo consecuencias inflacionarias, por la sencilla razón de que ese dinero se emplea en tapar agujeros de los bancos que provocaron con sus políticas temerarias de préstamos la pasada burbuja, en pagar intereses al ingente dinero proveniente de tráficos ilícitos a cobijo en paraísos fiscales y, claro, también en remunerar a los miembros de los Consejos de Administración de las entidades financieras que nos han llevado a la ruina. Todo va bien. De momento.

Hemos de precavernos exhaustivamente contra pensamientos del tipo de que la hiperinflación es imposible porque “ahora no existe”, o porque "nunca se ha producido en el Estado donde vivo". Estas son las actitudes nihilistas que buscan provocarnos los continuadores de Milton Friedman (que suelen conseguirlo por la labor inestimable de sus medios de desinformación masiva), y en general quienes pretenden cogernos las espaldas, económicamente hablando, una vez más.

En pleno auge de los precios inmobiliarios leí una entrevista al alcalde del municipio de la Costa Dorada donde en aquél momento residía, no muy lejos de mi domicilio actual, a quien tenía por persona decente (entonces), que manifestaba textualmente “no hay burbuja”. Luego sí que la hubo, y además me enteré de que el citado individuo, que era arquitecto técnico, tenía importantes intereses en cierta sociedad de tasación que fue una de las principales responsables de la demencial subida estratosférica de los inmuebles, y que curiosamente estaba fuertemente participada por cierta caja de ahorros muy conocida aquí en Cataluña, que aprovechando la tesitura pudo colocar sus préstamos hipotecarios cada vez más inflados y fuera de la realidad. ¡Y seguro que algún malpensado cree que ambas honradas mercantiles actuaron de consuno para desplumar a diestro y siniestro! Alucinante. Me sorprende vivamente, habla el jurista, que a nadie se le haya ocurrido, en lugar de protestar airadamente, lo que por cierto esta justificado, empezar a poner querellas masivas por estafa.

NO OS FIEIS NI DE VUESTRA SOMBRA. Ha quedado meridianamente claro que muchas personas, por dinero, son capaces de prácticamente cualquier cosa. Sólo les detiene el código penal, y la posibilidad de dar con sus huesos en la cárcel. Y a algunos ni eso, porque piensan que son invulnerables. Y la verdad es que repasando el historial procesal de alguno de ellos, puede que lo sean.

He visto a algún economista de los que saben, que los hay, opinar que nuestro moderno sistema financiero “avanzado” evita una inflación elevada aunque se cree una gran cantidad de dinero físico. Esto es verdad, aunque conviene explicar bien porqué. En parte ya lo hemos hecho, dando cuenta de las verdaderas razones del execrable “Money for the rich” de Margaret Thatcher. Pero hay más. Hemos visto que dinero es deuda, y si los bancos no prestan, porque saben que el crecimiento no volverá (salvo en algún trimestre con datos raquíticos) y los prestamos no podrán ser devueltos, pues no se crea efectivo ficticio a través del multiplicador bancario, y la masa monetaria decrece, por mucho dinero electrónico y de papel que se genere, y que ya hemos dicho donde acaba.

Pero hay un dato mucho más importante contra el desencadenamiento, de momento, de altas tasas de inflación. Las actuales perspectivas de recortes, paro y deflación (aunque el dato de IPC no se lo cree nadie, ver post “Cambio de tercio”) desincentivan el consumo, y por tanto la velocidad de circulación del dinero, un dato, ya vimos, aún más importante que la masa monetaria para generar inflación.

Hasta aquí todo correcto, pero ¿qué pasa con las montañas de dinero que obran ocultas en los exóticos parajes opacos al fisco? ¿Y con los miles de millones de dinero ficticio creado en el pasado, que no pueden desaparecer porque obran en el balance de los bancos? ¿Y los derivados (dinero de diseño sobre efectivo ficticio) creados jugando con la ingeniería financiera? ¿Y las deudas endosadas a países expoliados por sus corruptas minorías dirigentes, que no tienen otro objetivo que permitir su saqueo y esclavización? Todo esto no puede desaparecer como por encanto. Caería el fundamento mismo de la economía parasitaria mundial.

De todas formas hay un detonante de la velocidad de circulación del dinero, que ni siquiera los economistas de mérito (que insisto existen) pueden prever, porque no entienden el peak oil, con lo que nunca habrán vivido algo como lo que nos espera. Se trata de la ESCASEZ. Y que no me digan que esto también es ciencia ficción. El mundo ha estado dos veces en alerta alimentaria los últimos cinco años. Otra cosa es que en el primer mundo no nos hayamos enterado.

De hecho tal inflación, proveniente de los crecientes costes de la energía, ya existe, pero está debidamente ocultada por las increíbles estadísticas oficiales, incremento de tipos en impuestos y tasas, explicaciones variopintas de la impresionante subida de la luz, privatizaciones de servicios esenciales y, por supuesto, por la manipulación permanente del IPC. Pero el dato esencial es psicológico.

Oigo a los que tienen dinero, que son más de los que parece, “en cuanto asome la inflación hago tal gasto, o acometo tal inversión” (aumento la velocidad de circulación de mis activos monetarios). El problema es que todo el mundo dice lo mismo, todos aguardan lo inevitable, por lo que, cuando llegue, la riada será mucho más alta que las precedentes, y nos cogerá con los calcetines tendidos.

Entretanto, los supermercados están llenos, las grandes superficies comerciales también, las tiendas que no han cerrado otro tanto, el carburante surge regularmente de los surtidores, y el dinero mantiene relativamente su valor, por lo que, los que tienen, todavía esperan, sin dejarse inquietar por las rebajas sobre stocks invendibles, las gangas que intentan animar al inasequible comprador y las continuas bajadas de precios de los inmuebles.

Sin embargo, el dinero no es otra cosa que un medio de cambio de mercancías o servicios, y cuando la disponibilidad de aquéllos se reduzca significativamente, pues tendrá que salir disparado a procurárselos. Concretamente será la falta de productos de uso cotidiano, y los de primera necesidad, la que creará expectativas de subidas de precios, y entonces será cuando empiece a salir en tromba la montaña de papel mojado que es el dinero fiat. Es pura intuición, pero planteároslo con un caso práctico ideal. ¿Qué haríais si tras recorrer cinco panaderías volvéis a casa con las manos vacías, y alguien en una esquina os ofrece una barra por cuatro euros? No hace falta estar un minuto en una facultad de económicas (o empresariales) para saberlo.

Otra cosa es saber cuando se va a producir esta falta de productos básicos. Pero sabemos es el petróleo el que ha hecho posible nuestro insostenible ritmo de vida, y que el cenit de producción de esta materia prima ya ha sido sobrepasado, así que la falta de bienes y servicios esenciales es sólo es cuestión de tiempo. De hecho en muchos países del tercer mundo, hemos dicho, es ya una realidad vivida a diario (ver post “Egipto”). En los países “desarrollados”, de momento, la disminución de las disponibilidades energéticas ha causado, causa, crisis, recortes, paro, desesperación, pero no escasez. Aunque conviene no confiarse. El agua de un río podrá dar muchas vueltas, pero siempre acabará en el mar. Además, retrasar lo inevitable, a quién tiene conciencia de que lo es, sólo le alarga la agonía. Claro que siempre queda el recurso de continuar desinformados. ¡Siga la fiesta!

Saludos,

Calícrates

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