sábado, 7 de diciembre de 2013

Inflación



nihilnovum.wordpress.com

La verdadera causa del fin de Roma como Imperio y, lo que es más importante, como civilización, no fueron las pestes, los bárbaros, ni los cristianos, sino los propios emperadores romanos, que dinamitaron su propio Estado aplicando recetas económicas que hoy nos resultan muy familiares.

Dije en otro post, considerado por muchos muy esotérico y poco acorde con el espíritu científico que, por lo visto, debe presidir el estudio de la declinación petrolera, que lo que hoy es el petróleo en tiempo de la Roma tardo republicana e imperial era el oro. Bien, lo sigo diciendo, y también que los reiterados intentos de engañar al pueblo llano sobre el verdadero valor de la moneda resultaron siempre infructuosos, y  colocaron repetidamente al Estado al borde del abismo. Una gran lección para los próceres monetarios modernos, que evidentemente no es que no la vayan a comprender, es que no van a ser capaces de aplicarla, porque la tentación de aparentar que hay, cuando no hay, es siempre demasiado fuerte. Analicemos las diversas “crisis” del pasado, como lección para la que actualmente padecemos.

Las primeras crisis de producción del mundo romano remontan al siglo II a.C. y a los tiempos de César y Augusto. Claro que por aquel entonces había mucho oro aún por robar en el mundo mediterráneo, y por lo tanto los primeros gestores de turbulencias salieron relativamente exitosos de sus andanzas políticas, al menos económicas, aunque nunca se está a salvo de las consecuencias de una conspiración.

El oro de Egipto convirtió el reinado de Augusto en una época soñada de crecimiento, pero apuntó los mimbres de lo que iba a resultar la ruina del sistema. En efecto, de tales tiempos resultó el primer repunte de la inflación, y también el primer indicio de lo que iba a resultar la señal inequívoca de los introductores a ultranza de circulante: la construcción de termas.

¿Porqué termas? Muy sencillo. Eran edificios monumentales, y muy populares, pero que no requerían de una inversión muy grande en recursos en relación con su volumen (las termas son casi todo aire bajo bóvedas), pese a lo cual su magnificencia deslumbraba al populacho, permitiendo introducir enormes sumas de efectivo en circulación, a través de los contratos adjudicados para su construcción y para la adquisición de los suntuosos materiales que las decoraban, sin afectar gravemente a un tráfico de bienes y servicios en franca declinación, por definición, en una sociedad que necesita de tales estímulos. Además su rápida construcción permitía que quedaran finalizados durante el reinado de sus patrocinadores.

Sigamos el rastro de dichas construcciones, y tendremos al de los introductores de vil metal amonedado:

1.- Termas de Agripa, en realidad de Augusto, del que aquél era yerno, y uno de sus generales más eficaces.
2.- Termas de Nerón.
3.- Termas de Tito.
4.- Termas de Trajano.
5.- Termas de Caracalla.
6.- Termas de Diocleciano.

Bien, ya conocemos los hitos de una acelerada carrera hacia el desastre. Aunque hay que decir que no todos fueron igualmente nefastos desde el punto de vista macroeconómico. En realidad hasta el reinado de Trajano, cuya conquista de Dacia no tuvo otro objetivo que acometer el saqueo de las ricas minas de oro del país, todavía existió un flujo constante de metales preciosos que permitió mantener viva la fiesta, aunque cada vez con menos velas, a causa de la sangría que suponía el comercio con China, de la que se adquirían productos de lujo, especialmente seda, porcelana y piezas de jade, sin que los orientales importasen prácticamente nada de Occidente.

Muchas veces me ha hecho pensar este singular tráfico unilateral. Pensemos que los chinos son expertos en doblegar al enemigo sin luchar (Sun Tzu). ¿Qué mejor forma de hacerlo que aficionar a los romanos a los bienes suntuarios, sin comprarles nada, para desequilibrar su balanza comercial y poner contra las cuerdas la estabilidad económica de un imperio que podía llegar a ser un peligro? Lo que digo puede parecer una barbaridad, pero pensemos que muchos siglos después intentarían la misma jugada con los ingleses, que tuvieron que recurrir a introducir el opio en el país para salvarse financieramente (a costa, eso sí, de envilecerse moralmente). Y puede que sea también lo que están haciendo ahora, cuando se ha convertido en la fábrica del mundo y, gracias a su enorme superávit de cuenta corriente, domina el mercado de capitales. Tal vez haya aquí materia para otro post. Pero sigamos.

Como decimos las fechorías de los manipuladores dinerarios dejaron su impronta en el valor adquisitivo de la moneda, especialmente del denario, la pieza de plata, de mayor circulación. En tiempos de Augusto estaba compuesta al menos en un 95% del expresado metal, en los de Trajano había bajado a un 85%. Marco Aurelio, asediado por las guerras germánicas y carente de ricos territorios a los que saquear, esto es a la total defensiva militar y económica, volvió a depreciar el denario, que llegó a tener sólo un 75% de plata. Pero la gran catástrofe estaba todavía por llegar. Caracalla, uno de los constructores de termas, adoctrinado por su padre Septimio Severo en la necesidad de enriquecer al ejército, y necesitado para ello de enormes sumas, devaluó de nuevo, y esta vez severamente, el denario, hasta dejarlo en un 50% de plata (una devaluación de un 25% en un solo año). La moneda de oro, el áureo, tampoco se salvó de la jugada, y si en tiempos de Augusto de cada libra de oro salían unas cuarenta monedas, Caracalla se las arregló para sacar cincuenta. Probablemente pensó que nadie se daría cuenta de la superchería, así que todo ufano empacó para marcharse a una campaña en Asia de la que no volvería, pues fue asesinado por un soldado de su escolta personal mientras orinaba al borde de un camino (una muerte digna del canalla que fue). Entretanto la inflación se había desatado y los precios se dispararon en todo el Imperio. Podemos pensar que nada peor se podía perpetrar, y como siempre nos equivocaremos.

Tras un siglo de caos casi permanente en que la “técnica Caracalla” había llegado para quedarse, de forma que el denario no dejó de devaluarse, hasta acabar convertido en un pedazo de bronce bañado en plata, y el áureo prácticamente desapareció de la circulación, y cuando aparecía era fino y maleado. La inflación superó el 1.000%, con los datos fragmentarios de los que disponemos, aunque probablemente, en ciertos momentos y lugares llegó a ser mayor.

Al caos político y económico del siglo III le sucedió el ajuste de Diocleciano que, ya sin poder recurrir a la devaluación, machacó a impuestos a los habitantes del Imperio y ensayó una reforma institucional y, como no, monetaria, recurriendo por lo demás a la consabida construcción de termas.

El nuevo sistema estaba formado por cinco monedas: el aureus, una moneda de oro que pesaba, como sus predecesoras, un sexto de una libra. El argenteus, que contenía un 95% de plata. El follis, conocida como nummus, o laureatus A, que era una moneda de bronce con plata añadida. El radiatus, pequeña moneda de bronce con un ligero baño de plata, y el laureatus B, una moneda de bronce aún más pequeña, sin aleación de plata.

¿Cómo es posible que una moneda que representaba un progreso tan evidente en calidad de manufactura y en contenido de plata respecto de sus predecesoras no gozara de amplia aceptación entre el público? Pues, en primer lugar, porque mientras el áureo y el argenteus contaban con un fuerte respaldo para su valor en su contenido metálico, el nummus, piedra angular del nuevo sistema monetario, había sido tarifado muy por encima del valor correspondiente a su porcentaje de plata, lo que lo convertía prácticamente en una moneda fiduciaria, cuando la moneda del Imperio Romano nunca había tenido tal carácter.

Las consecuencias de esta disparidad dentro del sistema monetario eran predecibles, el atesoramiento de las “monedas fuertes” y el intento de deshacerse rápidamente de la moneda sobrevaluada, la conducta prevista por la ley de Gresham. Un comportamiento, por otra parte, que tiende a generar inflación al impulsar a los consumidores a cambiar rápidamente la moneda fiduciaria por bienes de valor real, acelerando de esta forma la velocidad de los intercambios.

En segundo lugar, como argumenta Kenneth Harl, la enorme producción de nummi, llevada a cabo para poner en marcha el sistema, incrementó fuertemente la oferta monetaria, que era tradicionalmente reducida en el mundo romano. El gobierno no tenía forma de conocer cuántas monedas serían necesarias para poner en funcionamiento el sistema y todo indica que su producción fue excesiva, pues se observa que muchas regiones que siempre habían padecido de una escasez crónica de circulante disponen, a partir de este período, abundantemente de aquél.

Además, el ejército en la tetrarquía era numerosísimo (unos 400.000 soldados), lo que suponía un enorme gasto, y a éste había que sumarle las nóminas de la gran cantidad de funcionarios del Imperio. Por otra parte la masa de campesinos trabajadora iba en descenso. Esto provocó que el número de contribuyentes fuese menor que el de los mantenidos por el Estado, provocando una grave crisis y una inflación galopante.

Diocleciano intentó, entonces, imponer por fuerza de ley una solución. En enero del 300 d.C. fueron así, según la interpretación más aceptada, retarifadas las monedas del sistema, pasando el nummus de 5 a valer 12,5 denarios, y el argenteus de 25 a 50. Semejante incremento nominal del dinero circulante sin ningún cambio real en el número o la calidad de las monedas disponibles fue seguida, como era de esperar, por una casi inmediata readecuación, en la misma proporción, del precio de los bienes.

Diocleciano culpó, claro, a los especuladores, a quienes acusaba de: "desviar en provecho propio los bienes que nos envían los dioses". Entonces el Emperador llegó donde no se habían atrevido los anteriores, y aplicó un severo plan antiinflacionario, que se transformaría en el antecedente histórico de las estrategias de control de precios que tantas veces utilizarían en el futuro muchos gobernantes. El edicto de precios de Diocleciano ("edictum de maximis pretiis rerum venalium") aprobado en el año 301 después de Cristo, fijaba precios máximos para más de 1.300 productos y también regulaba los salarios. Todo quedó controlado por el Estado. Se fijaba el precio de productos tales como la carne de vaca, el cerdo, el pescado, el aceite, el trigo, la harina, la cebada, las judías, los garbanzos, el arroz, el vino, la cerveza, la ropa, el calzado, etc. Prohibía que se vendiera un modio (9 kilogramos) de trigo en más de 100 denarios, 8 denarios la libra de carne de vaca, 12 denarios la de cerdo, 24 denarios la de pescado fresco, 16 denarios la de mantequilla y 30 denarios un pollo. La lista era interminable. En sus propias palabras, los usureros eran los "máximos enemigos del Estado". Sin embargo, los precios que se fijaron en el edicto no cubrían los costos de producción. (Por si la situación parece muy lejana, lo que ocurre actualmente en Venezuela se parece mucho a lo que se relata, de todas formas tarde o temprano lo viviremos todos).

Por supuesto que la puesta en marcha de un proyecto tan ambicioso exigía de medidas drásticas para conminar a los ciudadanos a su cumplimiento. Las penas que se aplicaban a quienes violaban los topes de precios fijados en el Edicto de Diocleciano eran considerablemente severas. Cualquiera que incumpliese la norma, ya fuese vendedor o comprador, era condenado a la pena capital.

El resultado es que comenzaron a escasear los productos y surgió un incontenible mercado negro. Diocleciano reaccionó anunciando que quien tratase de burlar las normas traficando fuera de la ley sería ejecutado de inmediato. Entonces, y como era de esperar, los productos desaparecieron del mercado. Todo faltaba. Nadie estaba dispuesto a producir para perder. El edicto terminó en el más completo descrédito y fracaso. La economía del Imperio Romano se hundió en el caos. Pocos años después el autócrata abdicó.

En menos de un siglo los romanos habían pasado de tener en sus bolsillos denarios de plata a manejar los llamados follis, pedacitos de bronce muy abundantes y sin apenas valor, empobreciéndose fenomenalmente por culpa de su Gobierno, y con ellos el comercio, la industria y la agricultura del Imperio.

Finalmente el emperador Constantino suprimió el áureo y puso en circulación una nueva moneda de oro, el sólido, muy depreciada con respecto a su antecesor. Un áureo de los antiguos valía, por su cantidad de metal precioso, dos sólidos. Consiguió la cantidad de oro necesaria para la reforma confiscándoselo a las ricas ciudades orientales y a los templos paganos. La palabra “adorar” significa textualmente poner oro. Los templos de la antigüedad contaban con toneladas de adornos del precioso metal, y probablemente entre las razones del inicio de la persecución del paganismo, y de la inequívoca tendencia a la adopción del cristianismo como religión de Estado, se escondía la necesidad de apropiarse de los tesoros acumulados por el, hasta entonces, culto oficial. Además, para financiar el funcionamiento del Estado se inventó nuevos impuestos, que habían de abonarse sólo en oro, única forma de pago, por lo demás, que aceptaban los mercenarios extranjeros que servían en el ejército. Bárbaros les llamaban, aunque, a decir verdad, mucho no lo serían, cuando sólo estaban dispuestos a jugarse la vida por dinero de verdad.

El oro se convirtió en un refugio para quien podía conseguirlo, es decir, los militares y los altos funcionarios imperiales. El resto de la población había de conformarse con el bronce de los follis y el cobre acuñado de manera ilegal, que hacía las veces de dinero de bolsillo. La antaño próspera clase de pequeños propietarios y comerciantes, base misma de la grandeza romana, se arruinó sin remedio. Se produjo entonces una concentración de tierras en manos de unos pocos terratenientes, que empleaban en ellas a los hijos o nietos de antiguos campesinos libres depauperados por la inflación y los crecientes impuestos imperiales. La Edad Feudal acababa de comenzar.

De todo lo cual concluimos que el Imperio Romano vivió, durante varios siglos, literalmente de saquear a sus súbditos. Los gastos imperiales crecieron porque sólo se podía sobrevivir a la sombra del Estado y por que el ejército, único garante de la seguridad y depositario del poder real, duplicó sus efectivos.

Durante casi dos siglos, el Estado romano fue una onerosa máquina burocrática que tenía el solo objetivo de sobrevivir y perpetuarse. Pero ni eso consiguió. Cuando el flujo de oro se secó, porque ya no quedaba un solo contribuyente a quien dar la vuelta y sacudir, Roma colapsó y se esfumó de la Historia, al menos en Occidente.

Conclusión: manosear el valor del dinero siempre sale caro, especialmente a sus usuarios, y una sociedad con problemas de recursos está necesariamente abocada a la hiperinflación y al colapso monetario, porque la tentación de manipular la moneda, para salir del paso, es siempre demasiado grande. Así que ya tenemos un mapa del futuro. Ahora no manejamos plata ni oro. Nuestro dinero son papelotes o dígitos de ordenador. Así que el procedimiento para saquearnos debe ser otro, fácilmente imaginable y, desde luego, mucho más sencillo. Pero antes de ponerlo en marcha los verdaderos detentadores del poder, que dirigen desde la sombra a sus polichinelas políticos, deben ubicar sus millones a buen recaudo, invirtiéndolos en bienes tangibles. Sólo después se dará la señal, y entonces sálvese quien pueda.

Saludos,

Calícrates

3 comentarios:

  1. La moneda solo es una representación de la riqueza, de su distribución, generación y acumulación. Cuando la economía deja de ser el reflejo de la realidad, la realidad se encarga destruir los modelos económicos.
    Se puede engañar a aquellos de quienes pretendemos beneficiarnos pero engañarnos a nosotros mismos no puede tener mas consecuencia que vivir en la mentira. Pero pretender engañar a las leyes de la termodinámica lleva inevitablemente al descalabro, porque cuando ya no se puede vivir en la mentira solo nos queda morir en la mentira o despertar a la realidad.

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  2. Según tu opinión, porque no colapsó el imperio de oriente y alargó 1000 años más?

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    1. Porque Oriente atajó las causas de la sangría económica, que eran el ejército y el comercio exterior. En cuanto a lo primero, la parte oriental del Imperio era mucho más fácilmente defendible, al estar rodeada de enemigos más asequibles y disponer de una capital prácticamente inexpugnable. En cuanto a lo segundo, encontraron el secreto de la seda, que al parecer unos monjes, quizás nestorianos, trajeron del lejano oriente, y la produjeron a gran escala, lucrándose, por lo demás, con su comercio, pues el resto de Europa seguía ignorando como se obtenía el producto. Además Constantinopla estaba en el cruce de dos arterias comerciales muy importantes, la terrestre entre los dos continentes, y la marítima entre el mar Negro y el Mediterráneo, así que el cobro de derechos de aduana hizo el resto. Todos estos factores estabilizaron los ingresos del Estado, y le permitieron, en un primer momento sobrevivir, y más tarde enriquecerse notablemente. Hasta que Justiniano volvió a caer en la trampa de los gastos militares excesivos, esta vez de carácter expansionista... De todas formas, entonces no dependían de unos cuantos productos energéticos, y lo importante era disponer de oro y plata para adquirir la fuerza física y militar. Nuestros problemas son muy distintos. En cualquier caso el tema es muy complejo, y exigiría desarrollos que exceden de lo que puede dar de sí una respuesta a un comentario. Espero haberte dado al menos algún elemento de juicio para investigar. Gracias por la pregunta, no me lo había planteado, y me ha permitido estudiar el tema. Saludos.

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