domingo, 1 de febrero de 2015

Economía básica



Fuente: ecolisima.com

Cada vez que tengo que leer, o lo que es peor, escuchar de viva voz, a un economista erudito, apesebrado o no, con sus eternos discursos incoherentes, abstrusos y deshilachados, absolutamente fuera de la realidad, me pregunto cuál puede ser el objetivo real de tanto obscurantismo, si las simples ganas de llamar la atención o algo mucho peor.

Es cierto que en otras profesiones, por ejemplo en las de la rama jurídica, la que corresponde a mi formación, la médico-sanitaria o en las ciencias duras relacionadas con el mundo físico y técnico, también se utilizan conceptos complicados, una jerga muy particular. Pero procuramos, creo, usarlos cuando hablamos entre nosotros, y no con el público lego en general, con el que tratamos de explicarnos en términos más llanos. Sin embargo casi nunca ocurre eso entre economistas. Normalmente no los sacas de las ratios de apalancamiento operativo ni cuando hablan con la persona más necia y poco preparada que te puedas imaginar.

También es verdad, y aquí se les ve el plumero, que la discusión económica es más asequible a quien tiene un poco de formación. Tengo un amigo con la carrera de económicas, que es director financiero hace muchos años. Pues bien, he discutido con él muchas veces de economía de igual a igual, e incluso, en ocasiones, le he hecho recapacitar. Si él intentara hacer lo mismo conmigo en el campo jurídico en dos minutos le meto dos llaves que lo dejo en el suelo para tres meses. Parece que, en economía, con sentido común, y aun sin conocimientos, puedes llegar muy lejos, por la simple razón de que se trata de algo muy sencillo: tomar decisiones sobre la forma de asignar lo más eficientemente posible los recursos escasos que precisa la satisfacción de las necesidades humanas (básicas o más sofisticadas).

Voy a intentar un explicar un par de generalidades económicas que pueden ayudar a alguno a entender de dónde venimos, dónde estamos y, sobre todo, hacia dónde vamos. Veréis que fácil es.

Una sociedad determinada, desde el punto de vista económico, puede encontrase en situación de crecimiento, de estancamiento (o estabilidad según se mire) o de decrecimiento. ¿A que esto lo entiende todo el mundo sin necesidad ninguna patochada en inglés americano entre medias? Bien, sigamos con algo un poco más complicado.

Una sociedad que crece soporta, y no digo necesita, digo soporta, intereses de capital positivos. Es evidente, sin embargo, que puede existir crecimiento con un dinero que no genere intereses de ningún tipo, y de hecho sería lo más conveniente desde el punto de vista de la gestión económica eficiente.

El dinero, pensemos en ello fríamente y nos daremos cuenta, la unidad de cuenta destinada exclusivamente a facilitar la armoniosa circulación de bienes y servicios, al menos con tal finalidad exclusiva (la más razonable) NO PUEDE GENERAR NUEVO DINERO (pecunia pecuniam parere non potest), no puede parir nuevo dinero. Los que paren son los activos económicos, las vacas que tienen terneritos, la tierra que produce frutos, e incluso los activos mobiliarios o inmobiliarios que producen rentas. Pero el dinero en sí, al menos si fuera lo que tiene que ser, no puede generar dinero.

Me diréis, y es cierto, que desde hace mucho tiempo, e incluso diría que milenios (es curioso leer como los antiguos romanos, incluso de clase alta, tenían constantes dificultades para devolver sus préstamos con interés) no ocurre así. Pero os replicaré que también existen curiosos intervalos históricos, algunos muy cercanos, como por ejemplo la Edad Media, donde nadie me puede negar que hubo momentos de gran crecimiento, no hay más que ver las imponentes Catedrales, en que se reconoció el carácter asocial de la multiplicación monetaria endogámica, penándose gravemente la usura.

Sí, me diréis que vosotros nunca habéis conocido otro sistema que el de generación de intereses positivos. Pero esto es así porque en los tiempos modernos “algo o alguien” han querido que así fuera, y ha fomentado deliberadamente tal convicción en la mentalidad pública. ¿Para qué? Ya expliqué de soslayo, el tema es peligroso, cuales son tales finalidades de la implementación de tal dinero usurario: la generación de una oligarquía plutocrática hacia la que termina fluyendo la totalidad del dinero deuda creado, así como toda la riqueza de la comunidad saqueada por dicho procedimiento, a través de la falta de liquidez inducida (quiebras u liquidaciones) o de la simple operativa del juego de las sillas que termina por excluir tarde o temprano a los actores económicos menos afortunados, porque si el dinero se crea a través de la deuda, ¿cómo se crean los intereses?

El dinero, en definitiva, actualmente no solo tiene funciones de medio de intercambio, medida y depósito de valor, sino una muy concreta y determinada de control social y generación de una pirámide (invertida) al servicio de una oligarquía financiera que desde luego no ha surgido de la nada, y sobre la que animo, al que tenga arrestos para ello, a investigar. Y ya puestos a decir cosas extrañas añadiré que el lugar donde anida la serpiente (y donde pone sus huevos) no debe encontrarse muy lejos de la pérfida Albión, concretamente en la ciudad de Londres, centro financiero mundial por excelencia.

Observad, a título de simple curiosidad, como los dos únicos bancos españoles que han sobrevivido, al menos nominalmente, a las sucesivas fusiones y adquisiciones, llevan el nombre de ciudades muy vinculadas a Inglaterra, y no sólo por su situación geográfica, con la que están unidas (como dato suplementario no desdeñable) con líneas de ferrys. Puede ser que sea una casualidad, pero como todo en la  vida, puede que no lo sea en absoluto. Recordemos además la predilección del Banco Santander por el mercado anglosajón, y también la caza y captura, llegándose a la persecución y destrucción personal, de un banco con base industrial muy diferente, ligada al “madrileñeo” y la clase pudiente de raíces franquistas (menos anglófilas de lo necesario) que terminó con la satanización absoluta de Banesto y su Consejo de Administración, con condenas de prisión administradas por los de siempre (bienaventurados los que crean en la justicia) y con la adquisición a precio de saldo de la entidad por… bueno ya lo sabéis. A veces basta tener ojos para ver, aunque de vez en cuando el asco te hace apartar la mirada bruscamente. Luego, claro, hubo más que sospechas de que casi todo aquello de que se acusaba a Mario Conde era práctica habitual en alguna entidad financiera de respetabilísimo nombre. Pero bueno, la operación estaba finiquitada y los objetivos cumplidos. Así que tierra al agujero. Sigamos.

Pasemos al examen de una sociedad que no crece, pero que tampoco decrece, a la que podemos considerar en situación de estabilidad (para los adictos a crecer, de estancamiento). El evento en cuestión puede parecer peregrino, pero es un hecho que toda entidad viva de normal desarrollo en un momento dado deja de crecer, al menos físicamente, como sabemos todos los que hace tiempo pasamos la adolecencia, sin que se considere en absoluto, todo lo contrario, que el evento tenga nada de patológico.

No ocurre lo mismo con nuestra economía basada en la usura, que se lleva las manos a la cabeza ante la falta de crecimiento, esperando que se revierta la tendencia lo antes posible. El estancamiento económico requiere imperativamente intereses cercanos a cero, pues de lo contrario los impagos se extienden por la cadena de pagos y el sistema implosiona. Curiosamente son los que tenemos ahora, pues no es otra nuestra presente tesitura, por motivos profundamente analizados en relación a la imposibilidad de continuar depredando al ritmo habitual los recursos energéticos o de otro tipo necesarios para el crecimiento ilimitado (en el que solo creen, una vez  más, los locos y casi todos los economistas).

Pues bien en este supuesto analizado, y como ya se explicó en otro lugar, en una sociedad dominada por la idea del crecimiento y los intereses positivos, la preferencia por la liquidez se hace absoluta, y el sistema entra en trampa de liquidez. Las razones son muy fáciles de entender. Siendo los intereses prácticamente nulos la inversión productiva no tiene sentido, máxime cuando la situación descrita presupone la imposibilidad de continuar creciendo. Invertir en bonos es absurdo, pues su valor (inverso al rendimiento) habrá llegado a máximos y tales activos sólo pueden bajar. Y como aún no ha llegado el decrecimiento, con las consecuencias que veremos, los capitales conservan su valor, y los tipos inexistentes hacen que mantener activos líquidos tenga bajo coste. Esta es ni más ni menos que nuestra situación actual. ¿Veis como no hace falta ningún concepto desoxirribonucleico para explicar todo esto?

Pero claro, hemos dicho que partimos de una mentalidad “crecentista” que exige la multiplicación del capital, por ello, para evitar que el sistema colapse (por falta de dinero deuda), es necesario inyectarle constantemente (como a un drogadicto) liquidez masiva, y esta es la verdadera razón de las continuas Quantitative Easing que tenéis ocasión de contemplar, y que sólo han empezado, las que por supuesto no suponen estimulo alguno a la actividad económica real (no así a la burbujística) por las razones vistas.

Pero tal generación masiva de liquidez sin producción paralela de bienes y servicios solo puede acabar, lo entiende cualquiera, en hiperinflación y quiebra del sistema monetario ¿Siempre? No, una aldea gala resiste y resistirá al invasor desde que Milton Friedman inventó una serie de triquiñuelas (que pretenden adquirir el inmerecido carácter de teoría económica solvente) para soslayar la implosión del sistema, consistentes básicamente en bombear liquidez a las capas más adineradas de la población, que presentan una importante propensión marginal al ahorro (porque ya tienen de todo), junto a la pauperización y sometimiento económico del resto de la población, aparato escénico que, de momento, viene funcionando (¿Os suenan los recortes?).

Pero claro, la gente se enfada porque su nivel de vida cae inexorablemente mientras se rescata a los bancos (brazos ejecutores del sistema). Ningún problema. Se genera el caldo de cultivo para que surjan opciones políticas populistas y se provoca artificialmente un colapso financiero coincidiendo con su llegada al poder (esperemos que tal no sea el triste destino de Syriza y de Podemos). Luego hay otras opciones más drásticas, como la implementación de regímenes autoritarios o la guerra, que se reservan para situaciones de alarma total (no nuestra sino de ellos).

Por último contemplaremos una sociedad en decrecimiento. Esta exige, sí o sí, intereses negativos. Hay que destruir capital. O eso o lo anteriormente visto. Y cuando ya no hay estancamiento sino franco decrecimiento ya no se puede recurrir a las maniobras indicadas. Pero los intereses negativos suponen un hándicap terrible para el capital y las finanzas. Imaginemos que la cantidad que debéis al banco por el préstamo hipotecario descendiera un diez por ciento al año aun habiendo dejado de pagar las cuotas de amortización. Es evidente que en tal situación el sistema financiero dejaría de existir. Pero hay más problemas. Los capitales de los tíos Gilitos, acumulados en inmovilizados de paraísos fiscales para que se bañen en metálico y se sequen con billetes grandes, también empezarían a perder valor a marchar forzadas. Esta es la verdadera razón de que el decrecimiento no se contemple en ningún caso, y que el cambio de sistema económico a otro que ponga la atención en las personas y no en el sucio vil metal (dinero control) encuentra tanta resistencia. Es el poder, claro.

Una modalidad de intereses negativos, es el dinero libre de Silvio Gesell, del que ya hemos hablado. Se trata de un dinero con intereses negativos, pero no con carácter absoluto, sino solo para el caso de su acumulación ociosa, que permite la pervivencia de un cierto negocio bancario, probablemente no apto para su gestión privada sino pública (el banco mantiene el valor del dinero si lo presta, y tiene que evitar generar liquidez en abundancia porque si no se come pagar la tasa). Tal dinero permitiría una transición armoniosa a un sistema distinto. Pero tiene un problema. Daría lugar, precisamente por ello, a una sociedad cada vez más localista (justo lo que precisamos) y afectaría al sistema de acumulación de capital y al poder y control social implicados en aquél. Esta es la razón por la que se persiguió como alimañas a quienes intentaron implementar el dinero decreciente en el periodo entreguerras.

Dicho todo lo que quería decir, que no es fácil de entender pero tampoco requiere de la utilización de palabros como spread, yield o carry trade, que si te pones tienen equivalentes en castellano bastante más asequibles, y tampoco se refieren a conceptos económicos muy profundos, sino a simples denominaciones convencionales relativas a la negociación o valoración de determinados activos, probablemente nos encontremos ante un economista abstruso, cuya función es oscurecer lo que debería ser mucho más claro (¿por cuenta de quién?) o simplemente con quien quiere hacerse el interesante y en el fondo no tiene ni puñetera idea de lo que lleva entre manos (caso bastante más frecuente de lo que imaginamos, no hace falta comprar a tantos).

Solo terminar dando mi enhorabuena una vez más a Juan Carlos Barba por su excelente análisis reciente en El Confidencial (otro más) titulado “Radiografía de la recuperación económica”. No se puede decir mucho más sobre la situación que atravesamos, ni dar mejor consejo que el que contiene la conclusión de su artículo. Y sigue conservando su columna. ¿Veis cómo se puede?

Saludos,

Calícrates

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